miércoles, 1 de noviembre de 2017

De la filosofía antigua:

 de un saber abstracto

a un saber práctico

David De los Reyes

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I
La filosofía aspira a una explicación racional afectiva (por medio de un logos inspirado por una filia), del mundo; con ello se da un giro decisivo a la historia del pensamiento.  Es una teoría que pretende explicar al mundo no por medio de una  lucha entre elementos míticos (entre hombres y dioses: cosmogonía, por ejemplo),  sino una lucha entre realidades físicas,  y el predominio de una de ellas por sobre las demás. Tal transformación del pensamiento antiguo se resume en una palabra: phusis, la cual se le ha dado el significado de físico, de naturaleza pero que en sus orígenes se usó para  designar  comienzodesarrollo, resultado por medio del cual una cosa se constituye, llega a ser o existir. Así tenemos que Platón (República, libro X) nos habla explícitamente de la noción de phusis entendiéndola como naturaleza-proceso. Siendo para él lo primordial de este movimiento  y proceso que se engendra  a sí mismo y es automotor es la característica primordial del alma.  Y las implicaciones que tiene ello nos lo muestra Hadot en sus palabras:
“Al esquema evolucionista lo sustituye   pues un esquema creacionista: el universo ya no nace del automatismo de la phusis sino de la racionalidad del alma y el alma como principio primeroanterior a todo, se identifica  entonces con la phusis.” (Hadot, 1998:23).
Este mismo autor señala que ni Pitágoras ni Jenófanes, entre el siglo VII y VI a.C, no conocieron ni el adjetivo filosofo (philosophos), ni el verbo filosofar (philosophein). Aparece en Herodoto (en Los Siete libros de la Historia, libro I,30), en un relato referido a la visita de Solón  que hace al rey Creso de Lidia. En las palabras del monarca está: mi huésped ateniense, el rumor de su sabiduría (sophies), de tus viajes, ha llegado hasta nosotros.  Se nos dice que teniendo el gusto de la sabiduría (philosopheon), visitaste muchos países, movido por tu deseo de ver (cit. Hadot, 1995:27/8). Los viajes  de la antigüedad representaron una opción para el saber, tenían como objetivo conocer otras culturas y conocimientos, tener experiencia de otras realidades y hombres, además de descubrir lugares geográficos distantes y costumbres distintas. Creso le pregunta a Solón que cuál es el hombre más feliz y este le contesta que  nadie puede ser feliz antes de que se haya  visto el fin de su vida.
Los pensadores presocráticos  designaron a su actividad con la palabra historia, es decir, indagación. La filosofía estaba relacionada con la indagación (ver el frag. 35 de Heráclito), condición que hará de quien la posee un buen juez de los asuntos humanos.
Hadot señala que quizás la palabra filosofía ya estuviera de moda en el ambiente de la Atenas democrática del siglo V. el prefijo philo servía para designar la disposición de alguien que encuentra interés, su placer, su razón de vivir, en consagrarse a tal o cual actividad: philo-posia, por ejemplo, es el placer y el interés que se toma por la bebida; philo-timia es la propensión a adquirir honores; philo-sophia será pues el interés que se toma en la sophia (ídem:28).
Fue Atenas la ciudad que dio renombre a la actividad de la filosofía. En la Oración Fúnebre  de Pericles sugiere  que los atenienses son capaces de filosofar  sin carecer de firmeza, sin no tener capacidad para argumentar y defender sus puntos de vistas respecto a los asuntos públicos de la ciudad o del conocimiento y del saber  que poseen. Siendo esta capacidad casi un triunfo de la democracia. Digo casi porque ya la filosofía  se venía dando en personas utopos, fuera de lugar, apartados pero es con la democracia ateniense que se yergue como actividad propicia para el que-hacer político de cualquier ciudadano digno de esa condición.   No se trata de personalidades excepcionales o nobles sino que puede cualquier ciudadano alcanzar esa excelencia (areté), en la medida que desarrollen el gusto por la belleza (philokalein) y que consagren un gusto por el saber (philosophein). Isócrates (Pnegírico, No. 47)  refiere que Atenas reveló al mundo  la filosofía.
¿De qué se encarga la  filosofía? En principio, a todo lo que refiere  a la cultura intelectual y general. Hadot nos da una lista: especulaciones de los presocráticos, ciencias nacientes, teoría del lenguaje, técnicas de retórica, arte de persuadir (ídem: 29). Este arte de persuadir trata de cómo enfrentar y demostrar su talento de argumentar y persuadir ante el público, oponiendo sus discursos a propósitos y temas que no se vinculaban con un problema particular, jurídico o político, sino a cultural general.
Tampoco hay una noción precisa de  philo-sophos   y de philo-sophein.  Que en la modernidad se debate en si remite a una noción de saber o si es sabiduría. El   sophos (sabio), es el que sabe muchas cosas, que viajó mucho, que posee una cultura enciclopédica, además de saberse conducir bien en la vida y  permanece en una felicidad construida por todo ese prontuario personal. El verdadero saber aquí está relacionado con un saber hacer,  se trata de un saber hacer bien.
Hadot refiere cómo se presenta esta sophia en relación a Homero,  en Solón y en Hesíodo.  El primero lo emparente con el trabajo práctico de hacer bien las cosas en la medida que ha seguido los consejos de un dios. Es  el caso en la Iliada en relación al carpintero que hace naves. Se trata de un saber  hacer bien. En el caso de Solón  está referida a la actividad poética, la cual puede ayudar a superar las penas a aquel que le afligen, gracias a que la palabra del poeta está inspirada por las Musas.  En el caso de Hesíodo (en su Teogonía, 80-103) emplea literalmente la palabra sophia  para dar testimonio a la buena conducción del rey, el cual está también inspirado para poder permanecer como un gobernante sensato: Todos fijan en él su mirada cuando interpreta las leyes divinas con rectas sentencias y él con firmes palabras en un momento resuelve sabiamente un pleito por grande que sea.
Como vemos aquí hacer, poetizar y gobernar tienen una relación, son sophia, donde a su vez se nos presenta el  valor psicagógico del discurso y de la importancia de la palabra (ídem:31). La palabra puede producir un efecto tanto en lo político como en lo poético, en  cómo se administra la justicia por un rey y en cómo los cantos poéticos pueden llevar a olvidar las penas en los afligidos. La palabra tiene un efecto terapéutico cuando se emplea en buscar un efecto apropiado por parte de quien la pronuncia y a quien la escucha. Hay un encantamiento  del individuo que luego se acogerá en lo que Hadot ha manifestado como ejercicio  espirituales filosóficos, sean limitados por la palabra o ejercitados por la vía de la contemplación. Ejercicios que gracias por la palabra poética o a la contemplación se accede a una visión cósmica, total del universo.  Hadot trae una sentencia del epicúreo Metródoro: Recuerda que, nacido mortal y con una  vida limitada, subiste, gracias a la ciencia de la naturaleza, hasta la infinidad del espacio y del tiempo y viste  lo que es, lo que será y lo que fue (cit. en idem:32).Platón igualmente habla respecto al alma que puede, gracias a la elevación por el pensamiento y a la contemplación de la totalidad del tiempo y del ser, en considerar la muerte como  algo que no hay que temer (República, 486ª).
Los sophoi pasarán a otros ámbitos y no se quedarán reducidos al uso y arte de la palabra poética o político. Se traslada a ciencias teóricas y prácticas, pero exactas, la medicina, la aritmética, la geometría, la astronomía. Comienzan a surgir expertos no sólo de la política o de la palabra sino en la actividad científica.
El sabio de Tales de Mileto, aparte de sus cualidades como matemático, tecnólogo, astrónomo, economista, y filósofo, posee una reflexión personal sobre la phusis que considera  como un fenómeno  del crecimiento de los seres vivos, del hombre, pero también incorporando al universo, reflexión que, como en el mismo caso de Heráclito y Demócrito, le da dimensiones éticas.




II
Otras de las prácticas que están relacionadas con la filosofía es lo referente a la educación, a la paideia, al deseo de formar, al afán de educar. La educación es una preocupación permanente para la clase noble (para los eupatridas, los bien-nacidos), pues se pretende perpetuar la excelencia  requerida por la sangre noble, por medio de las técnicas de formación y creación de actitudes y comportamientos, conocimiento y habilidades frente al mundo.  Esta preocupación será recogida por filósofos en tanto virtud, que será remitida a la búsqueda de una nobleza y perfección  del alma del individuo.  Tal educación está impartida por un adulto frente a un auditorio de jóvenes pertenecientes a un mismo grupo social (los esclavos y los extranjeros no participan de esta instrucción). Una educación para adquirir cualidades: fuerza física, valentía, sentido del deber y del honor que conviene a los guerreros y que son personificados por grandes antepasados divinos a los que se toma por modelos (ídem:24).
Con la introducción de la democracia, en tanto forma de organización y modo de vida política,  se fijará la necesidad de la educación para formar ciudadanos. Las ciudades, a partir del siglo V a.C.,  se verán encaminadas a ello por medio de las prácticas formativas a través de los ejercicios del cuerpo, la gimnasia y música, por un lado, y del espíritu por medio de la filosofía y las demás ciencias. Pero toda democrática desarrolló una aspiración al ejercicio del poder dentro de los ciudadanos. Esta lucha  requiere la capacidad de persuadir al pueblo, llevarlo a inclinarse por tal o cual decisión en una Asamblea, si es que se quiere llegar a ser un líder o el jefe de un pueblo. Para ello se tiene que adentrar en el dominio del lenguaje. Condición que explotará todo el movimiento sofístico en la antigüedad.
Con los sofistas se inicia un nuevo estadio cultural para la cultura de la Grecia antigua. Su actividad se extiende a casi medio siglo.  Es  el incentivo democrático que va a  movilizar fuerzas educadoras innovadoras. En la Atenas clásica los primeros sofistas no fueron calificados peyorativamente; serán los segundos sofistas que enseñaron en la época de la Guerra del Peloponeso que se convertirán en representantes  de todos los males de la polis (Heller, 1983:22). A los primeros más bien se vieron con agrado, eran pedagogos ambulantes que, por  regla general, enseñaron a los jóvenes herederos de las grandes familias que eran las rectoras de los gobiernos de la ciudad.  Los sofistas, extranjeros su mayoría, y a partir del siglo V  en la ciudad de Atenas vendrán a alimentar todo un movimiento del pensamiento que  representa una continuidad y ruptura a la vez con los filósofos que les precedieron, sin tomar parte activa en la vida comunitaria. Continuidad por utilizar y enseñar el método de la argumentación (de Parménides, Zenón de Elea, Meliso, hábiles  en el manejo de las paradojas) y continuidad por apuntar  a conocer y expandir un saber científico o histórico acumulado por los pensadores anteriores (ídem:25). Al saber anterior se le hace una crítica que proporciona una ruptura. El tema del saber se reparte entre el conflicto que surge  entre phusis (naturaleza) o nomoi (las convenciones humanas). Pero su aceptación en el entorno  griego democrático es por la posibilidad de conducir a los jóvenes  al éxito en la vida política, para ello se debe poseer un dominio perfecto de la palabra.  Los jóvenes eran antes formados para la excelencia (areté) por medio de la sunusia, es decir, el roce frecuente con el mundo adulto (Platón, Apología, 19e), sin especialización.
Con los sofistas ello cambia.   Se adquiere educación por medio de un método artificial, característica propia de esta nueva civilización democrática. Artificialidad implementada por profesionales de la enseñanza (pedagogos).  Sus  personificaciones son conocidas por los  hombres como Protágoras, Gorgias o un Antifón. Por un sueldo enseñan fórmulas que les da la habilidad de persuadir a un auditorio: defender con la misma habilidad el pro y el contra de una tesis (antilogía). Platón y Aristóteles les reprocharán de ser unos comerciantes del saber. Los sofistas no solo presentan la enseñanza de las técnicas de persuasión sino  la capacidad de elevación del punto de vista que hace seducir a un auditorio, es decir, la cultura en general: las ciencias, la geometría, la astronomía, la historia, la sociología o la teoría del derecho.
Los sofistas se exhibían dando conferencias, para demostrar sus habilidades persuasivas. Fueron maestros ambulantes que no estuvieron sólo en Atenas sino en el resto de las ciudades importantes de la Hélade. Los  sofistas obtienen su nombre por enseñar a los jóvenes la sophia. Como refiere Trasímaco  en su epitafio (cit. por Hadot, ídem:34): Mi oficio es la sophiaLa palabra sophia significó, en primer lugar  y dentro del ámbito de los sofistas, el saber hacer en la vida política, pero añadiéndole también todo lo que refiere a poseer una cultura general, científica y práctica.
La excelencia (la areté) ahora se conseguirá por medios artificiales y su fin está en adquirir la capacidad de poder desempeñarse con éxito en los distintos niveles o cargos públicos en que se participaría. Ello será el objeto del aprendizaje  en la medida que el sujeto que las practica tiene actitudes naturales  y por medio del ejercicio las adquiere.
Sin embargo la sofística tardía fue vista como un movimiento cuyos efectos corrosivos  se dirigieron contra las tradiciones de la polis, a su moral y a sus leyes. No tenían interés en impartir una educación comunitaria sino exclusivamente individual;  su enseñanza no tiene conexión con la comunidad sino que enseñan a los individuos el arte de gobernar; su relación pedagógica se centra en individuos concretos (Heller, 1982:23).
La tradición  griega dictaba  que en una comunidad sana,  la misma vida pública debía educar a los jóvenes.  De ahí que se rechazaba  el que los sofistas fuesen remunerados,  siendo ello contrario a la polis. La  comunidad en conjunto es la que debe encargarse de pagar todo trabajo; quien ocupara cargos públicos elegidos por sorteos corrían con esa condición. Los particulares no tenían ningún derecho de pagar a nadie que se desempeñara en el ámbito público (ídem). Visto así, realmente los sofistas iban contra las tradiciones de la ciudad, pero  ya esas tradiciones no  respondían al nuevo espíritu democrático que se instalaba  sobre el piso político en que se sostenía para ese momento. Una ciudad donde  se fomentaba la propiedad privada  y una creciente inclinación  de la oligarquía al enriquecimiento personal llevó a privar a la vida pública de su espíritu comunitario (ídem:24). Los sofistas son  un  requerimiento pedagógico al aparecer  en Atenas el hombre privado.  Ello permitió situar en primer plano la relación particular entre maestro y alumno. Al relajarse los vínculos comunitarios entre ciudadanos crecen en importancia los vínculos personales. Aparte de esta relación surgieran  el importante sentimiento de amistad, el amor entre hombres, el lazo  en grupos o comunidades pequeñas (las escuelas de filosofías, por ejemplo) y, por último, las familiares. Tales  relaciones se hacen más estrechas y se intensifican con pasión. Todo deterioro de la vida pública lleva a ello. Serán estas relaciones privadas las que   tendrán un papel relevante para ese siglo por la crisis comunitaria. Con los sofistas y con Sócrates  será significativo la relación maestro alumno, el amor entre hombres[1] y la amistad como opciones éticas particulares.
 La relación maestro-alumno también  adoptó una forma apasionada y amistosa para ese momento. Era una forma de amistad,  de una amistad no paritaria o paritaria potencialmente, pues sólo se daba  en la medida que el alumno  poseyera  cualidades  que podían hacerlo semejante al maestro en el futuro. Los sofistas fueron ese punto de apoyo que los jóvenes estaban buscando;  eran orientadores  que impartían verdades, saber positivo y nociones morales para la vida: les daban un estilo de vida. Su actividad y relación se afianzaba en tanto transformación del individuo que adquiría, por los conocimientos y técnicas retóricas aprendidas, una forma de vivir de manera pública y privada. Filósofos ambulantes, nómadas, pensadores móviles, filosofía de cambios y de adaptación a circunstancias concretas. El célebre fragmento  atribuido a Protágoras lo pone de manifiesto a la perfección: el hombre es la medida de todas las cosas.  No se trata de una profesión de fe gnoseológica o de la expresión de una teoría subjetivista, sino  del resumen del programa y de la orientación sofísticos (Heller, 1983:28). Ello significó que las cosas sólo tienen valor  desde el punto de vista de la vida humana y no de los dioses. Cualquier conocimiento, científico, filosófico o artístico, sólo es importante desde la perspectiva  de la práctica, de su aplicabilidad  y utilidad que le da la actividad del hombre. También encontramos otro ejemplo  en las palabras del sofista Gorgias: Nada existe; si algo existe es incognoscible, y si existe y es cognoscible no puede ser transmitido al prójimo, frase escéptica con que  Gorgias no apunta contra la realidad –que ha reconocido  en ese algo transcrito-  sino contra el ser abstracto, tema constante de la filosofía jónica. Gorgias no duda de las cosas existentes, sino que ponía en duda el ser  y la búsqueda de ese ser derivada, una vez más, de especulaciones que miraban con indiferencia el destino del hombre (ídem).
Los sofistas también presentaron posturas ateas. Es el caso de Protágoras que afirma  que no  podía saber  si  existen o no los dioses; estos no les interesaran más que en relación  con el hombre. No se puede afirmar nada respecto a ellos, se pueden eliminar del universo que ocupa el ámbito de existencia del hombre. Ni siquiera el aspecto especulativo del problema es de interés para este sofista. No interesa ni cómo  o si existe un mundo con o sin dioses. Para el despliegue de la libertad de la acción del hombre no tiene importancia. Caso parecido será el de Epicuro más tarde. Se trata de un ateísmo práctico que prologará  una función específica de transformación personal en relación a la idea de la responsabilidad moral  del individuo. No consideran que el hombre tenga que rendir ninguna responsabilidad a ninguna fuerza exterior  trascendente sino  una postura moral ante sí y ante la sociedad humana, ante sus semejantes. Para el ateniense del momento se siente que no tiene ninguna responsabilidad ante los dioses pues ya no cree en ellos. Y, como la comunidad está en plena disolución, encontrará que tampoco a ella tiene por qué rendirle cuentas. No existe un poder absoluto capaz de castigar o premiar, los valores dejaron de ser estables, a qué se debe que el hombre tenga que seguir siendo honrado  e íntegro si se vive en una plena disgregación  social y dentro de un lago de desmoralización generalizada.
Los sofistas darán ciertas respuestas a todo eso.  Desarrollarán la antinomia physis-thésis (naturaleza-orden), y la distinción entre los actos cometidos ante testigos y sin testigos.  No rechazan la desmoralización sino que la rescatan para su beneficio aprobándola. Cosa que lleva a Sócrates (junto a Platón) a reprobar su actitud ambigua y acomodaticia. Platón y Sócrates consideran, en su lucha por conservar la moribunda polis griega,  que son enemigos naturales todos los que son proclives de  aceptar la disolución, además de aprobarla.
Es el caso que nos presentará Critias al relacionar la aparición de los dioses junto a las leyes en tanto instrumentos surgidos de una necesidad social. Su idea del origen de los dioses  aparece    bajo la hipótesis de cuando los hombres vivían sin ley e imperaba la fuerza como condición de un orden brutal.  Pero al ponerse de acuerdo para cumplir una serie de normas y tener una mejor vida, dado que se prohibía cometer  abiertamente actos de violencia y que éstos comenzaron a perpetuarse en secreto, alguien muy sabio e ingenioso, descubrió el temor (a los dioses) para contener la perversidad; así pues, se disponía  de un modo de amedrentar a los malvados, aunque ellos hiciesen o pensasen el mal en secreto. Además, el dios fue creado a imagen de un constructor, de un sabio artífice (cit. en Heller 1983:31).  De ello surgió la necesidad de mantener a los dioses y de imponer su culto, su religión instituida. De mantenerlos aunque fuera un engaño en bien del demos.  Lo interesante de la propuesta de Crítias es que expresa que la religión y los dioses van a ser necesarios para contener momentos de crisis de la comunidad, al tener un argumento seguro para emitir un juicio ético absoluto y seguro: único. Esto es lo que lleva, en parte, a que los sofistas vean la relativización de los valores morales, no hay  verdades sagradas, sólo convenciones humanas, situación que lleva a la disolución de  la escala de valores absolutos, donde aparecerán otro tipo de valores que sustituirán a aquellos tradicionales por acoplarse más a su momento en juego: a una relatividad  moral entre ésta y la utilidad obtenida.
Voces sofisticas como la de Trasímaco  son las que advierten que  la justicia no es otra cosa que la ventaja del más fuerte, que no pretende  sino establecer una relación entre los intereses estamentales y  el contenido de los conceptos morales. Se aproxima la idea del bien (no colectivo ni común) al de utilidad, proporcionando relaciones éticas atípicas, objetivas, que  recaen fuera del horizonte de la comunidad. Cuando Critias dice que el tiempo, incesante y pleno de eterna y fluyente corriente, discurre produciéndose  a sí mismo, cuando afirma que lo que es bueno para una época puede ser malo para otra, profundiza más en la comprensión de la verdad histórica universal que la generación anterior (ídem:33).
Como notamos los sofistas son individuos que  proporcionaran una opción de vida por medio de una pedagogía  que  les mostrará a los discípulos cómo adentrarse dentro de una polis en plena disolución moral, donde los dioses han dejado de tener un peso  para el hombre común privado y la actividad humana será moralmente aprobado en la medida que denote signos de objetividad y utilidad para quien la ejecute. Una visión hedonista, individual, utilitaria,  y particular se impone  en un periodo de  superación de la tradición comunitaria  basada en una postura aristocrática que pierde su valor moral en la medida que se imponen valores relativos y circunstanciales como son los de la riqueza, el honor, el poder.

Como notamos, la evolución del sentido de la filosofía y de comprender la filosofía detrás de ella, es el mundo de la Grecia  antigua que nos presta todo un marco referente para iniciarse en  una actividad que nunca ha dejado de  estar presente, de preocupar al hombre por su reflexión innata ante la existencia y de la búsqueda de un hacer bien  al que se propone la búsqueda de la virtud (arete) en tanto condición de la excelencia ética.  Los sofistas son unos pedagogos salvavidas que surgieron casi por generación espontánea al conducir toda una cultura hacia una decadencia indetenible y con una inercia que arrastró a todo  aquel que la respirase hacia su abismo moral y político. El cerco de la disgregación entre comunidad proyectado sobre la vida  particular si bien tuvo una dirección a la ruptura con lo colectivo hizo que aparecieran los saberes para una conducción espiritual por la búsqueda del saber pero a partir de la propia individualidad.  En un mundo que termina en el absurdo colectivo queda emprender el arriesgado camino de la búsqueda del hacer bien a partir de sí. Más que esperar a que cambie la sociedad asumir cambiar nuestra existencia por la  elección que encontramos cerca  y en todo momento en el flujo silencioso pero cantante  de nuestra mente despierta.

Bibliografía
Hador, P. 1998: ¿Qué es filosofía?. F.C.E., México.
Heller, A. 1982: Aristóteles y el mundo antiguo. Ed. Península. Barcelona
Platón, 1978: Obras Completas.  Ed. Aguilar, Madrid.




[1][1] El amor homosexual  no se trataba de ninguna aberración sino de un fenómeno socialmente difundido. Como nos dice Heller (1983:26): Los individuos abandonados a sí mismos en una época de  disolución comunitaria, buscaban un compañero que fuese capaz de  compensar los  lazos perdidos. Una compensación semejante sólo podía  proceder –a escala universal-  del amor individual, pero este sentimiento, por motivos que sobrepasan  nuestro cometido, no existía todavía entre hombre y mujer. La mujer ateniense, mantenida en la ignorancia,  era incapaz de ofrecer la plenitud humana y moral que el hombre  necesitaba en aquel momento preciso. 

Leonardo Padura: “Soy lector sin apellidos”
Claudia Furiati Páez
| @festilectura


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…cuando te leo me quedo con ganas de seguir leyéndote.
Me mata leerte”…
Mario Conde a J.D. Salinger en “La Neblina del ayer”
Llegó al recinto bajo el aura de la cálida noche guayaquileña y con la promesa de un intercambio franco con una constelación de fervorosos lectores, en el salón principal de la Feria Internacional del Libro de la llamada “Perla del Pacífico” del Ecuador. De allí que procuramos descargar de gravedad intelectual nuestro encuentro con el escritor cubano Leonardo Padura (Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015), quien por la figura estelar de la 3ra. Edición del mencionado evento literario, atendía una apretada agenda de medios y compromisos editoriales. Por tanto, enrumbamos nuestro diálogo hacia confortables temas para el creador de la noir caribeña, tales como su afán por la lectura y el cultivo del libro como artilugio mágico, bibliofilia compartida con su socio ficcional Mario Conde, y que en definitiva es el don que “curte” a un buen escritor como bien predicaron Bolaño y Borges. Luego discurrimos hacia temas de la maestra vida (Blades dixit) que hermanan a Cuba y Venezuela, como el béisbol y la salsa, para él indiscutibles manifestaciones identitarias de la espiritualidad caribeña.
CF: ¿Se considera un lector evolucionado o un “translector” como diría el investigador del fenómeno Carlos Alberto Scolari[i]?
LP: No, yo soy un lector sin apellidos. Como lector especializado me considero lector tardío, de los tiempos universitarios. Porque en la época de mi niñez y juventud leí lo que más o menos todos hacían: Salgari, Dumas, Verne. Ya de liceísta revisaba las lecturas obligatorias para la materia de Literatura y Español. Y después en la Universidad me tocó hacer dos carreras, la de universitario y la de la lectura, ya que me debía muchos textos con relación a otros compañeros. Había pasado toda mi adolescencia y juventud jugando béisbol, más que leyendo. Desde entonces soy un lector que voy estableciendo preferencias, tratando de encontrar lecturas que me comuniquen algo, y conformando un grupo de autores con una categoría muy afín que incluso releo, sobre todo cuando estoy escribiendo.
P: ¿Cómo desde esa lectura si se quiere reposada se puede sobrevivir a la a las arbitrariedades de una nueva ecología de medios?
LP: Estamos viviendo un cambio de era, más que de siglo, de la analógica a la digital. Ello implica un cambio en los soportes, en los contenidos e incluso en las maneras de producir estos contenidos. Desde el punto de vista de lector, sigo leyendo igual cuando leo un libro de papel a cuando lo hago en soporte electrónico. Viajo con mi Kindle para tener a disposición todos los títulos que pueda necesitar. También leo a menudo en la pantalla del ordenador, especialmente textos en PDF vinculados a mis investigaciones en curso, así como libros bajados de bibliotecas virtuales. Mis notas al margen las tomo a mano y reciclo viejos manuscritos que me mandan a revisar como jurado de concursos, usando su reverso de hojas para las anotaciones. Considero se está produciendo una nueva manera de afrontar la lectura, e incluso la escritura, y no puedo predecir cuál va a ser su desarrollo. Estamos en un momento de mucha indefinición. Las editoriales en general no han sabido afrontar este cambio con toda la dimensión y profundidad. Les ha sorprendido al igual que a los diarios y revistas. Unos han desaparecido y otros han debido innovar en formato, reducir sus páginas. Sin embargo, creo que el acto de la escritura es el mismo y el acto de lectura debería seguir siendo el mismo. 
CF: ¿Qué consejo puede compartir con sus seguidores, especialmente los jóvenes iniciados en su saga “mariocondiana” vista a través de la plataforma Netflix, para que trasciendan al libro, bien sea impreso o digital?
LP: Para mi el audiovisual es un lenguaje con determinadas características estéticas, muy distintas a la literatura. Pueden complementarse e incluso estar relacionadas íntimamente, como ser una versión una de la otra, pero definitivamente son dos medios que tienen dos maneras de percibirse y consumirse. No creo que una película sustituya la experiencia de lectura de un libro. Si bien pueden apasionarse por el Mario Conde de la pantalla, eso jamás les sustituirá el acto de la lectura de la novela donde aparece el personaje con toda una serie de reflexiones, de juegos de lenguaje, de adjetivaciones, de profundidades a las cuales no se llega de la misma manera en el cine.
CF: Y ya que evocamos a Conde, ¿cómo así, un policía retirado, deriva en librero de oficio, señalado por su autor como un bibliófilo que ama el olor a tinta, y que encima aspira a ser escritor reconocido?
LP: Mario Conde siempre fue lector, una persona culta y con sensibilidad. Yo necesitaba que fuera policía para hacerlo más verosímil. En la Cuba de 1989 un crimen de sangre no lo podía investigar una persona que no fuera un agente. Sin embargo, a pesar de esa verosimilitud pretendida, el personaje tenía características que contradecían su condición de oficial. Conde sumaba una serie de puntos débiles que no son los habituales en alguien que desarrolla ese oficio. De allí que en un momento de desarrollo del personaje decidí sacarlo del cuerpo policial. Pensé entonces cuál podría ser su forma de ganarse la vida y di con esta labor de compra y venta de libros usados. Un tipo como él es bastante inútil en la vida práctica, con tanta “mariposa” revoloteándole en la cabeza. Ser librero le permitía estar lo suficientemente cerca de la literatura como de la calle.
CF: ¿Cuáles son las apetencias literarias que comparte con Mario Conde?
LP: Todas. Cuando Conde dice que no le gusta determinada literatura, es porque a mi no me gusta y cuando es sí es porque a mi también me cautiva. Es un personaje muy cercano, en muchos sentidos y por supuestos ello incluye los gustos literarios. Esto fue lo que me permitió emplearlo para una novela donde la materia fundamental es la literatura, “¡Adiós Hemingway!”. Una forma de resolver mi conflicto literario y personal de gratitud, amor y odio con este narrador fue traspasarlo a Conde, y que él pudiera llevar con éxito esa investigación. J.D. Salinger es otro autor estadounidense siempre evocado en las tramas. Conde en su afán de llegar a escribir alguna vez, siempre pretende concebir historias escuálidas y conmovedoras, como las que pedía la niña al soldado del cuento “For Esmé with Love and Squalor[ii]. Salinger siempre está en torno al pensamiento de Conde. Incluso, en mi novela “La neblina del ayer” se plantea una conversación entre ambos, donde el ex policía le reclama por qué dejó de publicar, en el momento que contaba con tantos seguidores. Para Conde haber desaparecido de esa manera, fue una deslealtad de Salinger hacia sus lectores.
CF: En lo que refiere a la novela histórica, en su caso no sólo se ha inspirado leyendo a grandes referentes universales, sino que los tributa con una obra monumental como es “El hombre que amaba lo perros”. ¿En su proceso escritural sintió que alguno de sus protagónicos personajes, Trostky o Mercader, le “respiró en la nuca” al punto de bloquearlo creativamente?
LP: Esos personajes tienen que estar muy cerca de uno para poder escribirlos. De lo contrario no puedes penetrar en la personalidad e intimidad de unos seres con los cuales tratas de expresar tantas cosas que tienen que ver no sólo con la Historia, con la política, con los conflictos, visibles e invisibles, con todo ese ámbito de la condición humana, incluso el lado inhumano de algunos. Recuerdo que mi primer ensayo fue sobre el Inca Garcilaso dela Vega, y la investigación me llevó a involucrarme tan profundamente con la historia del Perú, que soñaba con Gonzalo Pizarro. Muchas veces me he tenido oníricos encuentros con personajes con los que he estado conviviendo durante años. Y por supuesto que sí siento su soplo sobre mi nuca, pero no al punto del bloqueo creativo. Creo he podido terminar todos mis relatos.
CF: ¿Llegaremos a ver en la gran pantalla esa instigadora escena de lectura sobre el hombro?
LP: Hay un proyecto cinematográfico que se está procurando montar, con las complicaciones que implica una producción de esa complejidad narrativa. Llevamos tres años ya en ese camino y son los productores los que ahora están al frente de la adaptación.
CF: Parafraseándolo, otra forma de comprender la historia, al menos de Cuba, es a través del béisbol. ¿Qué tanto sabe descifrar su lenguaje de señas, así como silogismos a lo Yogi Berra: “el juego no termina hasta que se acaba”?
LP: El béisbol para mí, como para tantísimos cubanos, es parte de mi vida. Nací en una casa donde mi padre me puso en las manos una pelota cuando tan sólo era un bebé. Tengo fotos de mis inicios en el caminar disfrazado de pelotero. Y aunque no soy religioso, creo que si tuviese alguna posible devoción esa sería el béisbol. Sufro muchísimo cuando observo el grado de deterioro que padece hoy este deporte en Cuba, por muchas condiciones que es complicado explicar acá, internas y externas, de culpas personales y colecticas.  El caso es que el béisbol de la isla está de una manera absurda, perdiendo la pelea contra el fútbol. Se está privilegiando al balompié cuando ni siquiera en tres generaciones lograremos jugadores de calidad de este deporte, como tampoco la tendremos de beisbolistas. Esto no sólo será una pérdida cultural, identitaria, sino una pérdida de la espiritualidad cubana.
CF:  Su deporte favorito lo porta en el gentilicio caribeño, como es para la mayoría de mis compatriotas. En Venezuela, el béisbol no sólo es pulsión para el pueblo, sino un espectáculo que genera muchos dividendos. Justo ahora se ha despertado una gran polémica, pues el gobierno de Nicolás Maduro aprobó la entrega de casi 10 millones de dólares a la Liga Venezolana de Béisbol Profesional, cuando muchos fanáticos pasan penurias para comer o encontrar medicinas. ¿Qué lectura da a esto?
LP: Me cuesta mucho opinar sobre realidades en las que no vivo y en este caso sobre una situación tan precisa y complicada como puede ser la que describe, en el contexto económico de Venezuela, pero también en el deportivo. Supongo en todo caso, que la liga profesional venezolana pudiera generar suficiente dinero como para autofinanciarse. Aunque desconozco cómo funciona esa liga y menos aún si es un disparate o un acto mesiánico el darle 10 millones de dólares, para salvar el béisbol en Venezuela.
CF: Otra afición que une a La Habana, Caracas, pero también a Guayaquil es la salsa, un género al que ha dedicado reflexiones, estudios y mucha literatura. Una cruzada musical caribeña que guarda sus raíces en el son cubano. ¿Podemos leer en estas manifestaciones rítmicas una auténtica forma de hacernos sentir como región ante el desconcierto global?
LP: El momento de gran impacto de la salsa ya pasó. Estamos escuchando otras maneras de hacer música, otros géneros, otras formas de expresar lo caribeño y lo específicamente nacional de cada uno de los países de la región. La salsa fue un movimiento ejemplar en cuanto a la cohesión, unidad y comunicación de todo el Caribe. Demostró que el Caribe es un territorio no solamente geográfico sino sobre todo cultural, que tiene una ciudad en el Norte que se llama Nueva York y otra en el Sur que se llama Guayaquil; y en el medio hay un reguero de negros, blancos, mulatos con ganas enormes de expresarse de la mejor manera que saben: cantando, tocando ritmos y bailando. Creo que la lírica, la música y el baile de la salsa conjugan una expresión cultural importantísima que tuvo su gran momento en la segunda mitad del siglo pasado. Desde los años 70’s cuando Eddy Palmieri y Willy Colón inician el movimiento hasta los 90’s con los merengueros dominicanos como Juan Luis Guerra. Entre ellos están un Rubén Blades, un Johnny Pacheco, un Oscar D’ León, un Gran Combo, así como una la lista es enorme de grandes ejecutantes, agrupaciones y obras que se crearon a lo largo de eso años.
CF: Tal complacencia hacia esta expresión musical del gentilicio caribeño, igualmente le vincula con otros resonantes escritores cubanos como Alejo Carpantier, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas y Severo Sarduy. ¿Qué tanto han influido éstos autores en su ser lector, siendo algunos de ellos forjados al calor del destierro?
LP: En general, la literatura cubana ha sido muy importante para mí, no solo como lector sino como escritor. Tengo un libro sobre lo real maravilloso en la obra de Carpantier. Le debo a Reinaldo Arenas aprendizajes significantes. A Cabrera Infante el conocimiento y dominio sobre el habanero literario. Son escritores con los cuales tengo muchas comunicaciones, al igual que con otros autores de mi generación y anteriores a ella. De ese grupo, Sarduy es el que menos me impresiona en su narrativa, he leído con más interés su obra ensayística. Sin embargo, la condición del destierro no hace para mi una diferencia. Arenas, Cabrera Infantes o Sarduy pertenecen a la cultura cubana igual que José Lezama Lima que sólo viajó una vez en su vida fuera de la isla (a Jamaica). Creo que el hecho de estar en una u otra parte, la ubicación geográfica e incluso la filiación política, no es esencial a la hora de determinar la pertenencia cultural de un escritor.
Finalmente, le dejamos acudir a su esperado encuentro con centenares de seguidores, ávidos de interpelar a Padura o a “Conde” por su escritura escuálidamente emotiva.

Escribir “enmatillado”
Quienes asistieron a la FIL Guayaquil 2017 también pudieron conocer desde la imagen, más sobre el universo creador de Leonardo Padura (Cuba, 1955), a través del audiovisual “Vivir y escribir en La Habana” de Lucía López. Esta realizadora también cubana, no sólo es el ser que a motivado las dedicatorias del escritor, historiador y periodista, sino además su cómplice en la exploración de híbridas formas narrativas (cine y TV) para mostrar al mundo más sobre la cosmogonía habanera. En el documental el autor nos descubre su morada de inspiración, ubicada en el populoso Barrio Mantilla, la matriarcal casa “Alicia”. Y como siguiendo al conejo de Lewis Carroll, nos invita a atravesar este umbral compartiendo la intimidad donde ha concebido los personajes de sus once historias detectivescas, protagonizadas por Mario Conde, encabezadas por la “Tetralogía de las Cuatro estaciones”, “Adiós Hemingway”, “La neblina del ayer”, “La cola de la serpiente”, “Herejes” y próximamente “La transparencia del tiempo” (publicados por Tusquets Editores y traducidos a numerosos idiomas). También se percibe la atmósfera solemne que imprimen infinidad de libros que desde anaqueles atestiguan haber sido revisitados por el investigador para construir la majestuosa trama de “El hombre que amaba a los perros”, laureada obra en la que entreteje las vidas y padecimientos del líder revolucionario ruso León Trotsky, su verdugo, el español Ramón Mercader y la de un ficcional confidente de excepción, Iván Cárdenas, frustrado escritor cubano.
El film realizado en 2015 y previo a que se le otorgara el Premio Princesa de Asturias de las Letras (España), también tributa a algunos vecinos y locaciones de Mantilla y en general de La Habana que son reflejados en los relatos de Padura, y que han trascendido el formato impreso, para ser reinterpretados por la narrativa audiovisual, bien para el cine (Regreso a Ítaca y Vientos de la Habana) o la televisión digital (Cuatro estaciones en La Habana, miniserie producida por Tornasol Film y estrenada en la plataforma Netflix en diciembre de 2016).
Verle transitar como un morador más de las nostálgicas barriadas habaneras, imprime de más hidalguía a este gran autor del caribe que ha pulso y tesón ha merecido prestigiosos galardones literarios como el Hammett, el Café Gijón, el Raymond Chandler, el Roger Caillois, y el Initiales, además del reconocimiento a toda su obra por parte del gobierno francés al otorgarle la Orden de las Artes y las Letras y el propio Premio Nacional de Literatura de Cuba, aunque resulte una suerte incómodo intelectual al régimen castrista.  






[i] El estudioso argentino define como translector al individuo con capacidad de construir mundos narrativos transmedia (múltiples medios y plataformas), de descifrar multialfabetismos (en distintos formatos, géneros y lenguajes) y además de sumar valor a sus contenidos.

[ii] Salinger, J.D. "Para Esmé, con amor y escualidez" en Nueve Relatos (1953). La palabra ”Squalor” también ha sido traducida como “Sordidez”.  

domingo, 1 de octubre de 2017

Música y silencio

David De los Reyes
Universidad de las Artes,  Ecuador - UCV


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Música y silencio  son dos eventos  que, según C. S. Lewis, no pueden ser encontradas en el infierno, o lo que es lo mismo decir, dentro de nuestras vidas urbanas actuales. Nos sorprendemos cuando leemos  la  reunión de esas dos palabras: música y silencio. ¿Qué relación pueden tener? ¿Acaso la música no es lo contrario del silencio? ¿La música no vendría a ocultar el inaguantable silencio que para algunos individuos representa un estado de total desesperación? ¿El silencio, no es angustia muda para muchos  escuchas? El silencio se convierte, pareciera, en suplicio para el hombre  de sonoridad electrónica y mecánica del mundo actual.  La soledad se oculta tras una ráfaga de sonidos rítmicos repetitivos para vidas repetitivas sin sonido originales.
Sin embargo, bien es sabido por la humanidad pasada, música y silencio eran dos fenómenos que se complementaban, se emparejaban. Una sin la otra es imposible su existir. Todo silencio está ocupado por sonidos y todo sonido tiene que tener de base ese territorio aéreo que espuma callada, casi de espacio inmóvil, es decir, silenciosa.  Pensándolo así se nos hace más perceptible el corazón de esta  materia frágil; sus vibraciones se hacen así cada vez más presentes.  Obviamente, Lo que aquí se entiende por silencio es  quietud. El  silencio es algo muy diferente a comprenderlo como una ausencia maligna, palabras que ya en nuestra actual existencia  pareciera conformar un paquete de condenación. Y al referir al silencio con la música, no es difícil Imaginar que en el imaginado Infierno su lugar estaría tomado por el Ruido, "ruido infernal", pandemonium. Bajo esta apreciación, casi imperceptible, nos encontramos con otro aspecto de la cuestión, donde emerge, a saber, que la música y el silencio están, de hecho, ordenados uno junto a otro, de una manera única.

Tanto el ruido como el silencio total destruyen toda posibilidad de entendimiento mutuo, porque destruyen tanto el hablar como oír. Y es precisamente en medio de una era de insaciable y de permanente sonoridad, que el mutismo ilimitado de las personas puede reinar. De la misma manera, en la medida en que tales vibraciones sonoras, en un constante tejido vivencial dentro de cualquier espacio privado o público, sea  aceptado como un  entretenimiento de la modernidad y sus tecnologías del sonido, la cual termina siendo  intoxicante  como un ruido rítmico cacofónico. La música, en su estado original, es  casi el único fenómeno que puede  crear una especie de silencio, ¡aunque de ninguna manera sin tener la capacidad de emitir sonido! Haciendo posible, por la atención y concentración prestada, que un silencio   se escuche; de un silencio que se siente y oye más que  presente, independiente del  sonido y  la melodía. (Como condición básica, cualquier persona debe estar quieto si quiere percibir el sonido del latido del corazón de otra persona o las palabras en un diálogo).  Más allá de esto, la música, como arte y fenómeno acústico,  abre una gran dimensión espacial de silencio, que, cuando las cosas suceden aparece felizmente esta realidad casi inefable, que nos absorber en un punto más alto que la excelsa música.

Para finalizar esta reflexión tomemos las palabras que nos dice Kafka al respecto:

“Todo lo que vive fluye. Todo lo que vive emite sonido. Pero sólo percibimos una parte de ella. No escuchamos la circulación de la sangre, el crecimiento y la descomposición de nuestro tejido corporal, el sonido de nuestros procesos químicos. Pero nuestras delicadas células orgánicas, las fibras del cerebro, los nervios y la piel están impregnadas de estos sonidos inaudibles. Ellos vibran en respuesta a su entorno. Este es el fundamento del poder de la música. Podemos liberar estas profundas vibraciones emocionales. Para ello, empleamos instrumentos musicales, en los que el factor decisivo es su propio potencial sonoro interior. Es decir: lo decisivo no es la fuerza del sonido, ni su color tonal, sino su carácter oculto, la intensidad con que su potencia musical afecta a los nervios. La Música debe ... elevar a la conciencia humana las vibraciones que de otra manera son inaudibles y no percibidas ... llevar el silencio a la vida ... descubrir el sonido oculto del silencio. (Gustav Janouch, "Conversations with Kafka")
Huilo Ruales
Los kófrades lectores en la era de la desazón

Claudia Furiati Páez | @festilectura





Llegamos a este diálogo animados por hurgar en el ser lector de Huilo Ruales (Ibarra, 1947), en virtud de que al igual que Borges y Bolaño, considera que el buen escritor es realmente un “auténtico lector”. Es lo que, por semanas, trabajó junto a sus jóvenes “kófrades” de los talleres de Escritura Narrativa y de Escritura del Poema, estudiantes de la Escuela de Literatura de la Universidad de las Artes, en Guayaquil, considerándolos dignos representantes de una “generación de la desazón”, marcada por la irrupción tecnológica. Sin embargo, es optimista al augurar la emergencia de una vanguardia literaria de y para los millennials ecuatorianos, en la era digital.
A partir de la primera novela de la trilogía Los Kitos Infiernos, “Edén y Eva” (Editorial Eskeletra, 2013), hicimos, junto a su autor, un lúdico ejercicio de aproximación a los referentes literarios que utilizan sus personajes protagónicos femeninos, incluso para identificarse y antagonizar. Es decir, cómo sus lecturas caracterizaron sus perfiles, valiéndonos del método de la investigadora argentina Nora Catelli (Testimonios intangibles, Anagrama, 2001), el cual plantea una revisión de la evolución de la lectura occidental, entre los siglos XIX y XX, recorriendo fragmentos de obras ficcionales, con escenas de lectura asociadas a la mujer y su rol en sociedad. Desde Balzac, Nathaniel Hawthorne, pasando por Charlotte Bronté y Gustave Flaubert, hasta Virginia Wolf y Juan Benet, le permiten afirmar que el sujeto moderno se constituyó a través de la lectura y a partir de ella. Por lo que junto a Ruales, su “Murielle”, fanática del polar galo y la novela negra (Poe, Simenon, Hammett, Goodis, Thompson) y su “Eva”, recitadora y poetisa “desalada” (Elena Pizarnik, Valery, Gamoneda, Gil de Biedma y, por sobre todo, aforismos de André Gide), procuramos configurar un perfil de lector/escritor en esta era del desaliento.
Sobre este referente sintomático de los acelerados tiempos refractarios y otras valoraciones de su mundo creativo, a partir de la lectura, habló Ruales con desenfado, precisión y mucha oralidad ocurrente, confiado de que sus palabras no serán tomadas como las de un “pontífice” de la literatura del Ecuador universal, sino como las de un “kurtido” lector condenado amorosamente a la escritura.
CF: ¿Qué esperar de las nuevas generaciones de lectores que protagonizan una suerte de desazón, como usted señala, ante el acto de leer y escribir, alimentada por la disrupción de las nuevas plataformas digitales?
HR: Esa opinión la emití en contexto particular del conversatorio sostenido junto a Andrés Landázuri, en la Universidad de las Artes días atrás, cuando se me solicitó mi apreciación sobre los resultados de mis talleristas. Entonces me sorprendió que en sus primeros textos narrativos mostraran como constante una suerte de desazón, de naturaleza un tanto distinta a aquella manifestada por la anterior generación de escritores. Los detalles de este malestar aún no podría definirlos, pues han sido pocos días de interacción con estos jóvenes, pero siento como si ya no fuese un asunto moral, como si ya no hubiese una transacción con los valores impartidos en nuestra sociedad. Es un malestar que responde a la época, a una cierta angustia nueva que a mi parecer proviene de esa vertiginosidad con la que se vive y acumula información; esa suerte de suplantación de Dios, al considerarse herederos de una fórmula mágica llamada internet, que ha hecho desaparecer la noción de distancia y tiempo. Ahora todo es tan inmediato, que casi no existe la espera. Por ejemplo, están esos chicos nacidos en senos de familias con riqueza reciente, beneficiarios de la brusca transformación económica de sus padres, lo cual les ha hecho blancos y casi víctimas de una sobredosis de regalos, juguetes, de artilugios electrónicos, sepultándolos en una suerte de oscurantismo creador. Impidiéndoles vivir esa experiencia maravillosa, tormentosa a veces pero indispensable, que es el desarrollo de la fantasía. Es verse impedidos de desarrollar la sed para tomar el agua; hoy el agua tiene otra noción, se bebe antes de haber conocido ese “hacer”. Sin embargo, debe darse esa alquimia que permita la poética del agua y su sentido del hacer. Al no existir ello, a los jóvenes les resulta todo muy sencillo.
En lugar de tener un don al alcance de sus manos, estos artefactos terminan siendo una suerte de animales impregnados en sus piel y corazón, condenándolos a un nexo casi maldito que no les deja maniobrar para crear. Es un conocimiento impostado que les “huerfaniza”, pues le da unas enormes alas que más que permitirles volar, le entorpecen su caminar. Este hecho, presumo poética e irresponsablemente, es el origen de todo ese desconcierto juvenil. Hay una suerte de desamparo en la manera como escriben y en la forma como se interrelacionan. No se les ha indicado donde es la salida a este desconcierto y han aprendido a vivir perdidos. De allí emerge sin duda una nueva filosofía, una nueva literatura, una nueva manera de entrar en contacto con el amor, la muerte, la esperanza, el miedo.
CF: ¿Es la joven “Eva, la loca” acaso un reflejo de esta emergente cultura de la desazón? ¿Una escritora refractaria del desasosiego?
HR: Es posible que sí. Si bien cuando escribí sobre “Eva” hace tres años aun no tenía la experiencia tallerística reciente, las épocas uno las siente intelectualmente. Muchas veces la escritura es una forma de esclarecimiento de los malestares, ella tiene esa cualidad arqueológica porque horada, busca, escarba, taladra en lo subterráneo de la conciencia y la realidad, buscando claves o en su defecto el otro fragmento de ese “mapa” vivencial. “Eva” como personaje y como escritura me ha permitido intuir la naturaleza de su desazón, sin entender las razones, que en su caso está unida a un rasgo antropológico de nuestras regiones andinas: la oscuridad de origen. Esa cultura de la orfandad, del abandono, esa especie de gran secreto de familia al que Borges describía como el árbol genealógico que luego de una generación comenzaba a enredarse; esa oscuridad del origen que es más bien un “matorral genealógico”. Sí se puede concluir que aquella constante de una identidad mal construida suscita en “Eva” un malestar que expresa en sus poemas y diarios. Todo ello por un lado le va acorazando y por otro fragilizando en su búsqueda de confrontar esa realidad, propio de quien está ante una situación de guerra de subsistencia. Para “Eva” la desesperanza viene a constituir una suerte de fuerza expresada en su singularidad y proceder, su arrojo y negatividad, y por tanto su lectura y escritura. En todo ello está presente esa dualidad de coraje y dolor.
CF: ¿Y esa misma ambivalencia entre coraje y dolor es acaso eco de la voz de Huilo Ruales? ¿Ha sido quizás su intención hablar a través de “Eva”, como dicen hizo Flaubert a través de “Emma Bovary”?
HR: No creo. “Eva” se fue independizando y fraguando por si misma su historia. Yo tenía otra historia para ella, sin embargo se las arregló para rediseñar todo su argumento, en confabulación con el narrador de su historia. Como autor quedé como un simple amanuense de aquellos designios. 
CF: Y siguiendo en la línea de clásicos de ficción, ¿tiene su novela alguna influencia de John Steinbeck y su “Al este del Edén”, acaso en las alternancias entre narradores omnisciente y testigo, o el poderío maléfico de una “Cate” se refleje en “La Madama”?
HR: Más bien es el hecho de que tengo casi 30 años viviendo en Francia, lo que me ha permitido conocer a muchísima gente europea que viene a Ecuador, y usan su valoración eurocéntrica para emerger y adquirir una dimensión social que no lograrían en su país de origen. Acá asumen una actitud refinada y frágil innecesaria, como de superioridad ante los ecuatorianos. De alguna forma “Muriell, La Madama”, resulta ser una de esas advenedizas que vienen al país, con su percepción de República Banana para extraer todo lo que de ella puedan. Dentro de ese ámbito “Eva” adquiere su conciencia y condición de víctima, así como sus ganas de cobrárselas.

Un estilo “huilorualista”

CF: ¿Considera que parte de los códigos estéticos, lenguaje displicente, oralidad y ácido humor de sus relatos, les facilita esa conexión con los jóvenes lectores y potenciales escritores?

HR: Pertenezco a ese pequeño grupo de escritores que hace su oficio sin interesarle la relación que pueda tener con el lector. Lo que me desafía es combatir y ganarle a las palabras, que son mis enemigas principales -siendo mis amigas-. Se escribe con las palabras pero contra las palabras, esa es la lucha que me atrapa y en ello me concentro. Es una fascinante batalla contra la nada, la página en blanco, con el no saber a dónde va la historia del personaje. Entonces no pienso en el lector, lo hago después, cuando ya el relato sale a la luz. Como dice Margaritte Duras, de lo que se trata es de escribir, no cómo hago para ser escritor. Es una suerte de condena y juego hermoso, cuyo sentido lo da esa posibilidad lúdica que brinda llevar a las letras esa oralidad. La escritura es como un tatuaje de la oralidad. Las voces que escuchas con ayuda de la entonación, de la gesticulación son atrapadas por esa suerte de atarraya que es la redacción. “Maldeojo” es una novela absolutamente oral, nos la cuenta una especie de bobo del pueblo que ve todo. Y cabe pensar que su relato resulte todo en una mentira, que capaz inventó esa realidad suya que luego hacemos nuestra. Una vez la historia está publicada recupero mi identidad de autor y me doy un tiempo para planificar donde publicar, con qué editorial, y pensar finalmente en los lectores.

En mi caso, pasé once años dedicado a escribir, fuera de Ecuador y olvidándome del autor que era. En 2005 regresé, invitado a un encuentro de literatura y mi sorpresa fue constatar que durante esa ausencia, mi obra había sido posicionada por jóvenes lectores ecuatorianos. Se había dado un movimiento de seguidores en torno de mis libros y personajes. A partir de ese día, admiré como el registro de mi narrativa había captado a los jóvenes. Creo que esa conexión se dio gracias a la oralidad por un lado, a la desacralización de la vida y palabra y a la incorporación de aquello tildado en esta sociedad de obsceno, extremo, casi “gore” e indigno de entrar en la literatura.

CF: ¿Y acaso también estos elementos “huilorualistas” lo consagran ante la actual vanguardia literaria ecuatoriana? ¿Quiénes la representan, a quiénes pudo influir?
HR: Hoy destacan autores que se acercan a la cuarentena de edad, que se han destacado por contar con trayectoria intelectual, académica, literaria y existencial, en otros ámbitos fuera del país. En ellos el desarraigo también ha sido determinante como experiencia universalizadora. Hasta mi generación y quizás un tanto posterior, dominó el prejuicio al residir en el extranjero, como autor era mal visto irse y volver con una nueva cosmovisión. En mi tiempo éramos generaciones de casa cerrada, con ventanas y puertas clausuradas, en penumbra, pues el mundo de afuera podría dañarnos la piel. Prácticamente era prohibido interrelacionarse con el exterior. Crecimos con unos parámetros locales, muy pequeños, para que no se notara ni nuestra estatura como ¿la? falta de visión. Esto no gusta escucharlo a mis colegas coetáneos. De quince años para acá, se puede decir que hemos abierto esas ventanas, ha entrado la luz y por ello tenemos autores como Esteban Mayorga, Salvador Izquierdo, María Ojeda, Luis Borja, Gabriela Ponce, entre otros.

Talleres o kofradías

CF: En “Edén y Eva” a través de la “Kofradía de los Poetas Desalados”, sus miembros desestiman el formato de talleres literarios para formar escritores-lectores, sin embargo Ud. dicta cursos de redacción creativa, por ejemplo este de UArtes. ¿Qué recursos innovadores aplica para romper paradigmas?
HR: Planteo a los talleristas el problema ético por un lado y el estético por el otro que encierra el ejercicio. Inicio el taller diciéndoles que el propósito de curso no es enseñarles a escribir. Lo que les prometo es contagiarles la pasión e irresponsabilidad de desconectarse del mundo, por el amor a la literatura. Sus sonrisas y risas son señal de complicidad, cuando les indico: “vamos a manejar este encuentro como un club de alcohólicos anónimos que defienden el vicio. Somos los expulsados de una sociedad fofa, chata, que nos quiere hacer unos “alguienes”. Aquí vamos a defender nuestra anormalidad”. Y a partir de allí comienzo mi perorata y casi apostolado de que el buen escritor es aquel que mejor escribe. Y un lector auténtico (con buena bibliografía) es un co-escritor, alguien que completa la escritura. Pues si no existe esa “copulación” no se suscita nada.
CF: ¿Esas inquietudes del lector como co-escritor las refleja de alguna manera a través de “Manuco el librero”, regente de la Librería el Dado Redondo y también kófrade de Edén y Eva. Quizás tenga mucho más que decir, ¿lo leeremos en las próximas dos entregas de la trilogía? ¿Se desarrollarán tramas de otros personajes como Licenciado Lucho o Milo el Grafitero?
HR: Claro. Estás tres novelas se encaminan a una suerte de núcleo o punto de convergencia en la tercera novela. De alguna forma la trilogía es una sola obra pero cada novela es autónoma. Sí están atadas y concatenadas en el objetivo escritural, que es la invención de un Quito que merece el nombre de Los Kitos Infiernos, donde todos convergerán en un mismo sitio. Esta primera representan el norte de la capital, norte además de bienestar y poder económico, el pabellón A. La segunda viene a ser el pabellón B, el Quito del sur compuesto de muchos “sures”, gente que a las cinco de la mañana se levanta para dirigirse, en todo tipo de transportes incluso trotando, a limpiar la baba y caca del “niño hidrocéfalo” del norte. Y luego regresa descansar a su sur.  Entre ellos estará Milo el Grafitero. También podrá apreciarse el devenir de las kofradías, que si bien antes se movían como pandillas barriales que se carcomían por imponer su verdad; ahora gracias al internet se estructuran en una suerte de kapillitas, donde sus miembros caben ajustados y los mismos “sacristanes” tienen que hacer de “capellanes” y algunos de “canónigos”. Todos ellos signos y síntoma de una sociedad embrionaria que aún lucha por construir su identidad. Se quiere ser antes de serlo, terminando tan sólo pareciendo. Todo ello es metaforizado en la obra dándole un tono de comedia que atraviesa a la novela, que es más bien una tragedia.

CF: ¿Podríamos hablar entonces del tríptico de una “Kitopía”?
HR: Sin duda, lo que ocurre es que Quito fue en mi adolescencia una suerte de primer Paris. Recién llegado de Ibarra, mi pueblo natal, se apreciaba más que la distancia geográfica, la brecha cultural. Vine a Quito con mi orfandad nueva a cuestas (muerte de temprana de mi padre), todo el desconcierto del mundo, y el pulso ya latente del escritor, ávido de todo lo distinto, lo novedoso, maravillado y espantado a la vez. Ese Quito de mi imaginario se fue progresivamente deteriorando, haciéndose simplón y feo, por lo que poéticamente quise atraparlo en la escritura. Por muchos años lo intenté sin éxito, pues caía en el error de retratar y no RECREAR. Como dice Pessoa, el dolor que sentimos hay que reinventarlo para que sea verdad. Es la reinvención bien hecha la que hace verosímil a una ciudad. Yo aspiro que con esta trilogía el lector tenga una experiencia no sólo con el Kito de Huilo, sino también con su propio Quito. Que el mío le enseñe a ver el suyo particular. Dentro y debajo del Quito del asfalto y el absurdo, hay otro profundo que es una maravilla de horror.
Leyendo a Ruales:
El narrador y poeta ecuatoriano, Huilo Ruales Hualca, afina detalles de su segunda novela de la trilogía Los Kitos infiernos procurando la mejor editorial y aspirando a publicar en los próximos meses. El propósito es que mantenga la misma buena estrella que “Edén y Eva”, obra ganadora del Premio César Dávila Andrade de Novela (Ecuador, 2013). Recientemente presentó en Quito una revisión de culto de su primer peomario “El ángel de la gasolina”, así como la compilación de textos “Ay, que viuda tan oscura, (ambos bajo el nuevo sello El club de la pelea).
También ha sido merecedor de los premios: Hispanoamericano de Narrativa "Rodolfo Walsh" (Paris, 1982) y en Ecuador del Últimas Noticias (1984), Joaquín Gallegos Lara (1987) y el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinoza Pólit (1994).
Otras publicaciones: la novela “Maldeojo” (Ed. Parásito, España y Ed. Horlemann, Alemania 2000), los cuentos “Loca para loca la loca” (Editorial Eskeletra), “Fetiche y Fantoche” (Ediciones PUCE), “Historias de la ciudad prohibida” (Colección Antares), “Cuentos para niños perversos” (Ed. Cuarto creciente), las crónicas “El alero de las palomas sucias” I y II (Ed. Eskeletra), las obras teatrales “Añicos” (Grupo Malayerba, Ecuador); “El que sale al último que apague la luz” (Groupe La Piscine, Francia) y “Satango” (Groupe Cornét a Dés. Francia). Ha sido traducido al francés y al alemán.