viernes, 1 de noviembre de 2013

David Hume o la  libertad de expresión,

elocuencia y percepción


David De los Reyes




I

Un Filósofo del escepticismo


En la filosofía del escéptico David Hume hay varios rasgos interesantes para seguir reflexionando acerca de la comunicación y  la condición del hombre junto  a sus problemas intrínsecos al lenguaje, a las creencias y a la razón.
Hume, a diferencia de su amigo de mesa y enemigo de filosofías Jean  Jacques Rousseau, que al decir de Bertrand Russell estaba loco, pero era un loco influyente,  aquél estaba cuerdo, pero no tuvo discípulos; ante la pasión de las verdades del corazón del ginebrino, Hume le antepone el juicio sensato de la duda sobre los fundamentos últimos de las ideas. Encontrándonos con conclusiones  a las que llega con su reflexión filosófica,  como aquella de que los errores en la religión son peligrosos y en filosofía  únicamente ridículos, dándonos así una diferencia primordial entre ambas: una puede llevarnos a la hoguera, la otra a discusiones acaloradas y a desacuerdos pasajeros; o aquella otra, toda creencia no es racional, pues es algo de lo que no conocemos nada.
En su Tratado de la naturaleza humana[1], que tiene toda la carga del escepticismo posible para ponernos en duda ante cualquier conclusión del causalismo empírico, nos dice algo que nuestra secta fantástica de profetas  pareciera no  poder aceptarlo y es la creencia del futuro que necesariamente pueda asemejarse al pasado; para este inglés ello  no tiene ningún fundamento y se deriva de un hábito,  de una costumbre de la mente humana. 


David Hume llegó a abandonar por momentos su enconado escepticismo y a veces escribió  en el mismo tono y estilo de los moralistas de su época,  pero si algo  defendió convencidamente fue el principio de libertad de expresión como balanza que equilibra el ejercicio desatinado y abusivo del poder  en las naciones, fueran estas monárquicas o republicanas, democráticas o populistas.  Dijo que es posible  que el poder arbitrario se infiltre en nosotros  si no estamos extremadamente atentos a vigilar sus evoluciones  y sólo con el goce de la libertad de expresión a través de los medios de comunicación (la imprenta para entonces), obtenemos el instrumento republicano ideal para despertar la alarma de un lado a otro del territorio. El espíritu del pueblo debe ser  frecuentemente alertado con el fin  de restringir  las ambiciones desmesuradas de los gobiernos y el temor de excitar a ese espíritu colectivo debe ser utilizado para neutralizar esa ambición. Encuentra  nada  tan eficaz para ella como la libertad de prensa, en la que  todo el saber, el espíritu y el genio de una nación  dirigirán sus esfuerzos a  los fines de la libertad, cada uno  de sus ciudadanos  estará presto a defenderla.  Por las partes en conflicto conviene siempre proteger la libertad de expresión para nuestra propia preservación, que es la importancia más alta en tanto nación[2].
Personalmente a veces  soy escéptico respecto a la calidad de la información de quienes la ejercen, pero no dudo en defenderla como principio democrático y condición del ejercicio de la inteligencia y comunicación humana.  Comprendamos todo esto más de cerca.







II

En defensa de la libertad de prensa


David Hume  escribió un ensayo  titulado “De la libertad de prensa” que comienza con las siguientes palabras:
“Nada es más sorprendente para un extranjero que la gran libertad de prensa que disfrutamos en este país,  con la que podemos comunicar eso que nos parece bueno al público y criticar  abiertamente  toda medida tomada por el Rey o ministros. Si  el gobierno decide ir a la guerra, se declara que  abandona o  ignora  los intereses de la nación y que la paz es infinitamente preferible  en relación con el estado de los negocios actuales. Si la pasión del ministro lo inclina hacia la paz, nuestros escritores políticos no respiran  más que la guerra y matanza, y estigmatizan la conducta  pacífica del gobernante  como laxa y pusilánime. Tal  libertad no es admitida por ningún otro  gobierno –sea republicano o monárquico, sea  Holanda  o Venecia más que en Francia o España. De esto nos surge una pregunta: ¿cómo es que Inglaterra disfruta únicamente de ese privilegio particular?” [3].

Con esta cita quiero referirme a la importancia social,   política y sobre todo cultural, que  para  este filósofo inglés revestía ya  la comunicación de masas  para la Inglaterra republicana aportada por los medios impresos para entonces; época en plena expansión de la  prensa  y, siendo ese país una mezcla de monarquía y república parlamentaria (monarquía constitucional), uno de los países  pioneros en las publicaciones periódicas   que inaugurarían  el sentido cívico y necesario  del ejercicio de la libertad de expresión pública para salvaguardarse de los abusos del poder de los gobiernos en su  ejercicio de la justicia y de las posibles arbitrariedades de la monarquía.
El origen de esta libertad sin parangón al resto de las monarquías de  Europa para entonces, estaba en la forma mixta de gobierno inglés, ni totalmente monárquico y ni totalmente republicano. En esta fórmula  equilibrada de  relación entre los poderes conservadores y republicanos encuentra una verdad profunda, pues en los extremos  de estas  formas de gobierno (tanto en los sistemas conservadores y corporativistas como en los socialismos nacionalistas, marxistas, leninistas y demás y demás corrales políticos totalitarios),   encontraríamos  que la libertad y la esclavitud están muy cercanas la una de la otra. Hume busca un gobierno de centro, de justo medio, donde se note que al alejarse  de tales absolutos extremos  y se mezcle la monarquía con la libertad republicana, el gobierno deviene más libre políticamente. Pero en cambio, agrega la observación siguiente “si mezclamos  un poco de libertad a la monarquía, el juego político se convierte  más cruel e intolerable”[4] .  Mediante esta fórmula mixta  llegamos a obtener un  resultado aceptable del ejercicio político, pues los dos extremos, monarquía y república, esclavitud y libertad, se pueden llegar a combinar en ciertas circunstancias materiales y culturales en una nación. Se dará esta justa proporción en un pueblo no desconfiado  de sus magistrados y en donde los magistrados no dudarán de aquél. Al evitar la envidia por el poder se crea  en ambos actores un espacio público de confianza y aceptación recíproca, ingrediente primordial para que en las monarquías se dé una especie de libertad y en las repúblicas una especie de poder ciudadano que vigile el ejercicio imprudente de la justicia republicana, encantada siempre por los abusos de poder a punta de leyes habilitantes y decretos. Si con los emperadores romanos este pueblo vivió junto a un gobierno que mezclaba despotismo y libertad pero prevaleciendo el despotismo, Hume arguye que en el ejercicio de la monarquía  inglesa encontramos  la misma mezcla pero de distinta naturaleza, aquí la libertad civil impera por encima del despotismo. El todo está en reducir la desconfianza y la envidia mutua en el seno del pueblo y deber mantener cierta dosis de desconfianza vigilante en el ejercicio de los magistrados, para quienes ninguna acción debe considerarse criminal a menos de tener una prueba legal mostrada ante el juzgado, donde los mismos  ciudadanos deben hacer de jueces del poder judicial  al defender por su propio interés público las violaciones y agresiones ejercidas por ministros, representantes políticos y jueces. Esto hace de la monarquía republicana inglesa una diferencia esencial  en su ejercicio en relación con  la licencia que tuvo Roma en prodigar tiranía y esclavitud.
La libertad de prensa está bien  ejercida en los países que prive la confianza y aceptación recíproca del gobierno junto a una vigilancia civil  atenta a las medidas tomadas  por las decisiones del poder. El poder arbitrario se infiltrará entre el mismo pueblo si no se mantiene una campaña constante de atención ante sus representantes y para ello se requiere del ejercicio responsable de la libertad de expresión que es  el antídoto para salvaguardar las libertades republicanas  conviviendo en el seno de una monarquía. La libertad de prensa es el detonante de la alarma de un extremo a otro de un país al extralimitarse el ejercicio autoritario y caprichoso de los actores del poder político dentro del gobierno. Por eso exige Hume  la necesidad de excitar el espíritu del pueblo  con el fin de restringir sus ambiciones y el temor de utilizar ese espíritu deberá ser un modo de atenuar y neutralizar dicha ambición. Para ello confía en la libertad de prensa, ese órgano impreso que surgía en la época y había dado sus frutos con una nueva manera de hacer política y de contener civilmente la extralimitación autoritaria de la monarquía. La libertad de prensa como derecho republicano debe ser intocable tanto por parte del gobierno como por los mismos dueños de los medios de comunicación, aunque  hoy bien sabemos que tanto por uno como por otro lado se halla mediatizada por intereses de todo tipo y no únicamente por defender el ejercicio correcto del poder y de sembrar la confianza y la reciprocidad necesarias  para lograr una cohesión social aceptable y respetuosa de los poderes establecidos en forma justa. Así para Hume “la parte republicana de nuestro gobierno puede mantenerse ella misma contra la parte monárquica, si cuidadosamente protege  la prensa libre en vista de su propia conservación, que es de la más  alta importancia” para un gobierno y  su pueblo[5]. No hay nada más importante que la preservación de un gobierno tradicional si es realmente un gobierno libre, es decir, donde las libertades se ejerzan sin despotismo, crueldad y en beneficio de una camarilla. Hume reivindica como un derecho universal humano la existencia de la libertad de prensa pues de ella se beneficia todo gobierno que quiere observar las leyes que fundan a un país. Son preferibles los murmullos, los rumores y los descontentos hechos públicos mediante la opinión libre y así puedan  llegar las opiniones a los magistrados  y tener  en sus manos las posibilidades de solución,  a que tardíamente buscar una medicina  más fuerte para apagar  ya no  un descontento, sino una sedición y rebelión contra los poderes constituidos. “En cuanto a estos murmullos secretos de descontento que puedan ocasionar, es preferible que se expresen por medio de las palabras y que lleguen al conocimiento  de los magistrados antes que sea muy tarde y que haya que traer el remedio”[6]. Sólo la costumbre ciudadana de pensar libremente  y poder distinguir donde está la verdad y la mentira hace que  los rumores se diluyan en su misma aparición; lo contrario es pernicioso en extremo, es el despotismo, sea republicano o monárquico, envistiendo nuevas formas de la esclavitud.
Siendo optimista Hume    observa que la experiencia de la humanidad progresa y ello nos descubre que “las personas  no son monstruos tan peligrosos como se los representa y  que es preferible  guiarlos considerándolos como criaturas racionales  a manipularlos o dirigirlos como bestias salvajes”[7]. El ejemplo  y la confianza deben salir de  las naciones unidas para concertar la tolerancia requerida en todo buen gobierno. La libertad de expresión debe estar por encima de cualquier otro  tipo de libertad (religiosa, por ejemplo). La perversidad de un gobierno aparece cuando ocurre lo contrario, no por la libertad de sus ciudadanos sino por la represión y el despotismo, la intolerancia y la envidia presente y alimentada desde los representantes y magistrados del gobierno. Hume nos dice que si bien la esclavitud de un pueblo puede darse gradualmente e ir acomodando su injusta aceptación entre la vida civil  de manera lenta pero  efectiva, la libertad de prensa no puede aguantar esto, su corte se hará de un sólo golpe y en un pueblo acostumbrado al ejercicio de la expresión  libre es difícil  callarlo  de tal manera, a no ser que  tal dictamen sea el principio de la desaparición de dicho gobierno. Seguramente que hoy pudiéramos decir todo lo contrario, se acalla  gradualmente la libertad de expresión e inmediatamente nos encontramos entre una aceptable esclavitud salarial. La Alemania de Hitler bien pudiera ser un buen ejemplo donde se dio tanto la muerte física y de libertad de expresión como de esclavitud y exterminio,  todo junto y en poco tiempo, gracias a la capacidad de control, sumisión y organización para la banalidad de la muerte en masa (pudiéramos agregar los regímenes dictatoriales tropicales de Cuba y Venezuela, o de Ecuador y Argentina actuales); de todas maneras se confirma la regla humiana: fue el principio de su desaparición como régimen aunque no como ideología que aún sigue presente entre la intelectualidad  y la gente común en bastantes países “desarrollados y revolucionarios”[8].



III

De la elocuencia


En su ensayo De la elocuencia[9], Hume  nos plantea  cuáles han sido las pasiones que han preponderado dentro del curso de la vida civil  de la humanidad, cito: “El interés y la ambición, el honor y la vergüenza, la amistad y la hostilidad, la gratitud y la revancha, son los primeros motores de todos los intercambios públicos; y esas pasiones son de una naturaleza  muy marcada e inmutables comparadas con los sentimientos y el entendimiento que han cambiado fácilmente con la educación y el ejemplo”[10]. Y es la entrada para plantear que si la civilización ha evolucionado en saber y en filosofía,  lo ha  hecho poco en relación con la elocuencia.
En el mundo antiguo, como hemos visto antes, la genialidad no se  consideraba por las funciones o aptitudes de los individuos (civiles) sino por el arte de hablar en público. Los talentos de un hombre eminente, de un poeta, de un filósofo debían tener ese arte en cuenta;  de lo contrario, sus virtudes públicas sufrirían     menosprecio.
Hume  se pregunta  a qué se debe  el declive  tan evidente de la elocuencia  en su época. El genio humano  ha sido el mismo  en todas las épocas; pero el genio de la modernidad se ha aplicado con mucha más ingeniosidad  y éxito  a las artes y a las ciencias que en todas las épocas pasadas. Una nación democrática debe estar provista de un gobierno popular  que permita el desarrollo integral de sus nobles talentos. A pesar de todas las ventajas que encuentra   en su sociedad  no deja de ser sorprendente que el desarrollo de la elocuencia  ha sido completamente desigual respecto a los avances que se han efectuado en el resto del saber. La elocuencia ha llegado a menos como disciplina de aprendizaje y como práctica pública para expresar  las ideas por parte del ciudadano o del representante político.
Se pregunta también si el ardor con que se dirigían los oradores antiguos no debe ser imitado por sus contemporáneos. Sin embargo, Hume discrimina ciertas razones para desmontar las desigualdades del genio  de la elocuencia en los dos momentos históricos.
Comienza advirtiendo que en la antigüedad  las leyes de cada estado eran poco numerosas en gran medida  y simples, por tanto las decisiones que debían hacerse sobre diversas causas  eran dejadas a las instancias de la equidad y al buen sentido de sus jueces. El estudio de las leyes no representaba  una laboriosa ocupación y dicho esfuerzo no era incompatible para poder dedicarse al estudio de otra profesión. Así advierte que los grandes hombres y generales del Estado Romano eran abogados. Cicerón, nos señala,  con el fin de demostrar la facilidad de la adquisición  de ese saber,  que  con todas las ocupaciones que rodeaban a su vida, se le hizo fácil formarse en perfecto ciudadano en sólo  pocos días.  Lo anterior cambió  durante el período de la vida moderna; ni los mismos abogados pueden abandonar sus ocupaciones  para abandonarse a las flores del Parnaso  en búsqueda de la elocuencia.  Con la rigidez que se desarrollan los quehaceres de las leyes y todos los intríngulis e intereses ni el más genial de los oradores pudiera  en un mes mostrarse  ante un canciller y ello  daría una condición ridícula a su arte personal.
En la antigüedad, en el mundo griego  y dentro de la alta corte de justicia,  donde acudían los areopagitas, se había prohibido toda suerte de  elocuencia; los discursos griegos escritos bajo el dictamen judicial eran menos atrevidos y retóricos que los encontrados en Roma. Pero la elocuencia  volvía a tomar sus bríos  dentro de Atenas cuando se ponían en juego los intereses del Estado; entonces  se debatía,  sobre si  la libertad, la felicidad  y el honor de la nación  eran el tema de la discusión. Debates de ese tipo vendrían a elevar el genio de la elocuencia más allá que cualquier otro y darían plena justificación de la misma; tales debates fueron frecuentes en el seno de esa antigua nación y por tanto el arte del hablar era  el instrumento de comunicación política que vendría a tomarse  como el medio requerido para declarar las apreciaciones  sobre cualquier asunto público.
Hume  igualmente nos afirma  que el declive de la elocuencia en su época    pueda que sea debido a la superior inteligencia presente en el mundo moderno, la cual rechaza  con desprecio todos los ardides retóricos  empleados para seducir  los juicios y en los que  se acepta  sólo una argumentación sólida  en el curso de los debates o deliberaciones que se tenga.  Si un hombre es acusado como criminal debe  acompañarse de  pruebas y testimonios dicha acusación, y las leyes deberán enseguida estimar cuál es la condena a cumplir.  Sería ridículo  describir el horror  y la crueldad del acto  mediante el uso de imágenes  forzadas y  mezclar en ello los parientes del difunto implorando justicia  con fuertes lloros y lamentaciones. Más ridículo sería  hacer un dibujo con la imagen sangrante  para motivar a los jueces mediante un espectáculo   trágico, aunque tales recursos fueron utilizados en los medios de las cortes romanas. En cambio, en las cortes modernas, todo se reduce   a la pertinente y justa expresión que debe comprobar el caso (hasta el arribo de la invención de la fotografía y la aceptación de su uso como  prueba  fiscal).
Respecto al  efecto de  inflamar las pasiones del auditorio por parte de los oradores  modernos,  deberá tomarse en cuenta la manera en cómo los antiguos  tenían vigilada tal condición. Para ello  encontraban un medio distinto para evitarlo.  Lo disimulaban  con un torrente de sublimidad y patetismo verbal con el cual el auditorio   no dejaba de percibir el  artificio  que lo  conmocionaba. Los oradores, por la fuerza de su propio genio y de su elocuencia,  se inflamaban  ellos mismos de cólera, indignación, de piedad, de tristeza y luego  comunicaban esos movimientos internos imperiosos al público.
Los griegos tenían un auditorio  menos refinado que el de los senadores y jueces romanos. Los atenienses más vulgares eran  señores y   árbitros de su elocuencia. Y seguramente sus maneras eran  más bastas y austeras que las de Roma. Si pudieran ser imitados, su éxito sería infalible en el seno de una asamblea contemporánea. No es que la armonía no se pueda ajustar a la inteligencia, no  hay ningún razonamiento  vehemente sin  alguna apariencia de arte, no es sino arrogancia, cólera, tristeza, ardor,  libertad  mezcladas  en una sola oleada de argumentación. De todas las creaciones humanas en relación con este tema, se ha dicho que los discursos de Demóstenes nos presentan  los modelos  que se aproximan más a la perfección en este arte.
Hume se escandaliza por la falta en su país de origen de un Cicerón británico, como bien han podido tener un Arquímedes (Newton) y un Virgilio (Milton) británico.  Para  él  esa situación puede ser debido a  dos causas: o bien a la ignorancia, o  a la falta de modelos verdaderos y perfectos que conduzcan a los hombres a una apreciación más justa y a un gusto más refinado en cuanto a esas producciones del genio. Si la elocuencia volviese a aparecer, los votos tendría a su favor, “los principios de toda pasión y de todo sentimiento  están en cada uno de los hombres; estimularlos con algún propósito  y entonces ellos  reaparecen a la vida,  excitan los corazones y generan esa felicidad por la cual  el genio se distingue  de las bellas adulteraciones del capricho del espíritu y de la moda”[11].
La elocuencia debe estar dirigida al público y para gentes ordinarias; y tales discursos deben someterse a  ese veredicto popular sin reservas  ni límites. Esto debe ser tomado en cuenta por  el genio del orador. Si bien un tribuno mediocre puede tomar la atención  y consideración de la vulgaridad que se satisface con sus actuaciones y que no conoce  en qué  fallan o cómo manipulan sus palabras, al aparecer un genio verdadero se hace  patente un cambio: capta la atención de cada uno de los presentes y parece inmediatamente  superior a sus rivales. El genio se distingue por el uso de su arte y el manejo de los recursos de la elocuencia que lleva a captar toda la atención hasta en los hombres menos cultivados.
Si se juzga  por esto   a la elocuencia sublime y apasionada de la antigüedad, encontramos que es de un gusto  más justo en su construcción que el de la elocuencia contemporánea, la cual  se basa más en la  argumentación y la racionalidad. De esta manera el hombre  moderno se satisface en su mediocridad  por carecer de la experiencia  de cuál es la mejor, aquella que nos excita a nuestras pasiones por medio de su sublime  y ardoroso uso de las palabras y de los gestos  o aquella otra que se  sumerge en la argumentación y en el razonamiento calculado. Podemos decir que todo  dependerá del grado de educación del auditorio al que va dirigido. Habrá hombres que les guste que les exciten como si fuese una suave voz seductora la que hablara, habrá otros que preferirán  la capacidad de argumento y razones por los cuales deban tomar partido.  Aunque bien sabemos que hoy   no es realmente ninguna de las dos clases de elocuencias, ni es la antigua o la moderna, sino posiblemente  la capacidad que tiene el orador de divertir  mediáticamente al auditorio,  hasta cuando dice que las medidas que tomará les afectará  en una reducción  de sus libertades civiles. Lo importante ahora está no en lo que se diga o cómo se diga siempre que nos divierta y nos deje satisfechos para emprender el sueño de la noche y de la realidad. Las palabras  mezcladas con la diversión han hecho de la elocuencia una parodia cantinflesca en pantalla donde muchas veces quiere el hombre público parecerse a un locutor de programas de concursos  que a mostrar en sus palabras la responsabilidad, compromiso y la entereza que deben comunicar sus acciones en los cargos  públicos que ocupa.  ¡Vengan   pronto los Djs de la política! ¡No! ¡Ya están aquí!.
Los antiguos tuvieron las dos experiencias y, por lo que sabemos, si bien  preferían   que el discurso golpeara a sus corazones  no por ello  dejaban de mostrar veracidad sus palabras y las razones debían acompañar a la bella declamación del discurso; la experiencia  era  escuchar  un arte de la palabra que mostrara el gusto civil por el cual se regían los asuntos públicos de la ciudad.
En la antigüedad la calma, la sutileza, se  llevaba más con la razón que la afectación que podía  dirigirse a través de un discurso ordinario. La antigüedad nos ha dado sus ejemplos  incomparables, Demóstenes y Cicerón que eclipsaron con sus discursos a todos sus oponentes; si bien poseyeron la calma, la sutileza y la misma fuerza  en la argumentación que sus contrincantes, fueron admirables  por el uso dosificado de lo sublime y lo patético  que insertaban en sus discursos  en el momento propicio, con lo cual  obtenían la convicción de su auditorio.
Este tipo de práctica es la que hecha a faltar  Hume en su tiempo y sobre todo en los oradores públicos de Inglaterra. No menos en la actualidad.
Hume  da una recomendación final. Si se quiere argumentar y razonar bien un discurso deberemos  hacer numerosas divisiones en su seno a menos que la evidencia del tema no lo exija.  Es fácil observar que este método, sin ser formal y de volver el tema perceptible para el auditor, éste estará feliz de sentir que los argumentos se encadenan naturalmente uno seguido de otro y  muestren una convicción más segura  que no aquella otra, que puede tener las mejores razones pero avanza  el conjunto de su discurso dentro de una confusión.

 



IV

De la percepción y la causalidad 


El escepticismo de Hume sigue siendo  de interés por sus consideraciones sobre cómo  llegamos a percibir al mundo.  Hume parte de siete especies de relaciones filosóficas: semejanza, identidad, relaciones de tiempo y lugar, proporción de cantidad o número, grados en cualquier cualidad, contrariedad y causación. A su vez las percepciones se dividen en dos tipos, las que dependen  de las ideas, y las que se pueden modificar sin  cambio alguno de las ideas. En las del primer tipo se encuentran  la semejanza, la contrariedad, los grados de cualidad y las proporciones en la cantidad o número.  Las relaciones temporales y causales son del segundo tipo. Las primeras son las únicas que proporcionan  un conocimiento cierto; de las segundas sólo podemos esperar un conocimiento probable. El álgebra, por ejemplo,  es un tipo de conocimiento del cual podemos hacer una cadena de razonamientos que  no pierden el sentido de la certidumbre; respecto a la geometría no podemos estar tan ciertos pues no podemos llegar  a mostrar la verdad  de sus axiomas.
Hume afirma que todas nuestras ideas son  copias de nuestras impresiones. Las relaciones que no dependen de nuestras ideas  son la identidad, las relaciones espacio-temporales y la causación. En las dos primeras la mente no va más allá de lo que obtenemos  a través de nuestros sentidos. Únicamente la causalidad es la que nos  permite inferir alguna cosa o suceso  de alguna otra cosa  o suceso. Es la causalidad lo que nos permite  construir una conexión que nos da seguridad de la existencia  o acción de un objeto o evento que ha sido precedido  o seguido por alguna  otra existencia o acción.
Hume rechaza  poder  inferir  sólo por el raciocinio  algún conocimiento de algo, la experiencia es determinante para  ello. No habrá  ningún objeto que implique la existencia de algún otro, si son considerados estos objetos en sí mismos y nunca miráramos más allá de las  ideas que nos formamos de ellos y el contexto al que corresponden. La experiencia es la    guía para construir  inferencias cognitivas  obtenidas a través de la relación causal de los  acontecimientos particulares; la  conexión entre ellos no es lógica sino empírica.  Y no podemos argumentar nada en relación con cada acontecimiento  visto de manera particular: como A separado de B, pues   A no requiere necesariamente tener que contener a B. Cada uno de ellos en sí mismo no nos dice nada realmente  verificable a priori  acerca del otro, sólo la experiencia de  “si A entonces B” es lo que nos lleva a conocer la relación causal entre dos  eventos aparentemente distintos pero consecutivos  causalmente. Cuando dos  objetos están constantemente unidos  inferimos de  hecho, uno del otro, pero para esto se debe tener la percepción o la experiencia de esa constante causal. Y la inferencia no es formal o explícita.  Se entiende el carácter empírico de la inferencia a través de la constante percepción del evento, pues  al tener uno sigue constantemente el otro. La inferencia no está determinada por la razón, ello nos llevaría a dar por sentada la uniformidad de la naturaleza, la cual a su vez no es necesaria, sino que la conexión entre los fenómenos nos es dada por la experiencia.
Cuando Hume nos habla de que A causa B quiere indicar que A y B siempre están unidos de hecho  y en su  conexión no hay nunca un sentido de necesidad. No podemos penetrar en la razón de esa unión  independiente de la factibilidad de su comprobación empírica.






V

Sobre  la creencia


Esta concepción causal viene reforzada con  sus apreciaciones sobre el carácter de la creencia como tal. La creencia es una idea vivaz relacionada, asociada o comunicada  a una impresión precedente. De manera que si los acontecimientos A y B han sido siempre percibidos   causalmente  en distintos momentos pasados, la impresión de A produce la idea vivaz de estar conectada con B y ello constituye la creencia de B. Así explica nuestra creencia de por qué A y B están relacionados: el precepto  de A está conectado, comunicado con la idea de B y concluimos que A está  unido a B, aunque dicha opinión es realmente infundada. Para Hume los objetos no tienen una conexión descubrible entre sí; no hay principio o axioma que la legitime, para él es la costumbre y el lenguaje que lo legitima y acepta como válido para dar razón del hecho. Es como opera  la imaginación y por lo cual llegamos a extraer la inferencia de la aparición  de un evento a través de la experiencia de otro. No hay ningún nexo necesario entre los objetos, nos afirma. Lo que  creemos como necesario es  creado por el mecanismo del lenguaje y de las ideas, que son lo que nos establece el nexo entre  distintos eventos  u objetos. La mente está determinada por la costumbre, lo cual no implica la idea de necesidad. La repetición consecutiva de  casos semejantes  conlleva a formarnos  la  creencia  de que A causa B, lo cual no proporciona nada nuevo al objeto sino  a una asociación de ideas. El carácter  de  necesidad que creemos que existe en la causalidad   implícita de los fenómenos es un producto  más mental y lingüístico, -y de cierta legitimidad social, pudiéramos agregar con respecto a los eventos comunicacionales-,  que de los objetos.
Este argumento nos lleva a considerar que la objetividad de los fenómenos  no tiene un carácter  necesario, no podemos hablar de que A debe ser seguido inalterablemente por B en ocasiones futuras.  No podemos decir que la relación sea causada por algo más allá de la experiencia observada. Y el sentido objetivo de su  planteamiento  nos lleva a comprender que la causalidad está definida en términos de secuencias y no  por medio de una noción independiente de la misma, es decir, por un carácter necesario que constituye a la relación.
Hume nos declara que  la unión frecuente entre A y B no suministra ninguna razón para que ello sea así en el futuro. La experiencia de unión está frecuentemente unida a un hábito de asociación.
Que en un pasado  se hayan obtenido las mismas asociaciones de cosas o eventos en tales  circunstancias no quiere decir esto que tengamos una certera razón  del caso a futuro  o que se formará en otras nuevas  circunstancias similares. Para Hume la ley del hábito  explica la existencia de  mi expectativa, pero no la justifica.
Con este argumento empírico de la causalidad  nos lleva a comprender si cuando decimos A causa B, sólo tenemos derecho a afirmarlo  de las experiencias pasadas en que se ha dado esa relación entre A y B, apareciendo siempre juntos, y que no conocemos ningún caso en  que una vez aparecido A no acontezca B. Y por otro lado nos lleva a tener que aceptar tal condición pues no hay ninguna razón para esperar que A y B estén unidos en una situación  a futuro. Tenemos  una sucesión de estado de cosas más no una necesidad a futuro de ese mismo estado de cosas. La inducción por simple acumulación o enumeración de estados parecidos no permite argumentar en forma válida y necesaria dicha relación; la muestra posible, sólo si existe esa secuencia establecida por la particular experiencia que nos la confirma.
Por lo general se acepta la primera condición, pero  el  empirismo  afirma que sí se puede llegar a obtener  un conocimiento  válido a futuro por la consecución y acumulación de experiencias pasadas similares. Aceptar a Hume es abrir un compás de irracionalidad  -para ciertos empiristas del sentido común- respecto a las consecuencias futuras, lo cual no es propio para la costumbre aceptada en cómo se quiere que operen los argumentos o los conocimientos e instrumentos surgidos y creados por  nuestra razón.
Si bien dentro de nuestro sentido común  encontramos que Hume no está en lo cierto, lo cual es discutible como ya lo hemos advertido antes, en relación con los resultados de la física  cuántica su apreciación de la causalidad es completamente válida. En el mundo cuántico nunca pueden aceptarse como ciertas las relaciones de tipo “A causa B“. Este tipo de relación es aceptado por nuestro hábito y asociación  sobre la percepción de cómo inferimos acerca  de nuestra percepción cotidiana de los fenómenos.
Hume concluye   con la convicción  de que  una creencia nunca es racional sino que es producto del hábito y  por tanto no conocemos nada   con ella. Es lo que alega contra toda la secta fantástica  que quiere  afirmar que hay una necesidad o una verdad eterna implícita en la causalidad. Este inglés  encuentra que nuestros razonamientos sobre causas y efectos  no se derivan nada más que de la costumbre, del hábito. Nuestras creencias vendrían a surgir más por un acto  sensitivo repetitivo que cognitivo de nuestra naturaleza.  Si somos fieles a Hume  pudiéramos interpretar nuestro mundo de informaciones y comunicaciones  de masa  y ahora inscrita a una creciente globalización  cultural, gracias a los recursos tecnológicos, como un conjunto sostenido más por la reiteración de creencias que por la comprensión de los conocimientos que lo sostienen; pero no menos es la ceguera bolivariana totalitaria latinoamericana, le gana a todas las demás en el ejercicio autoritario de las creencias políticas, erradicando cualquier disidencia y racionalidad en el espacio del debate público.





[1] Hume, David, Tratado de la naturaleza humana, 3 t. Ed. Orbis, Barcelona, 1984, t.1, parte III, sec.IV
[2] Hume, Essais moraux, politiques & littéraires., Ed. Alive,  Paris 1999, ed. Bilingüe. pág.44ss.
[3] Hume, op.cit., págs.42-47. Ver  nuestra traducción de todo el artículo de Hume en la siguiente entrada del blog.
[4] Idem.
[5] Idem.
[6] Idem.
[7] Idem.
[8] Vargas Llosa, Mario: Los purificadores en “El País”, 23 de enero del 2000.
[9] Hume, op.cit., p.142 a 153.  
[10]  Idem, pág.142
[11] Idem, pág.151.

De la libertad de prensa[1]

David Hume.

(Traducción:  David De los Reyes)



Nada es más sorprendente para un extranjero que la gran libertad de prensa que disfrutamos en este país,  con la que podemos comunicar eso que nos parece bueno al público y criticar  abiertamente  toda medida tomada por el Rey o ministros. Si  el gobierno decide ir a la guerra, se declara que  abandona o  ignora  los intereses de la nación y que la paz es infinitamente preferible  en relación con el estado de los negocios actuales. Si la pasión del ministro lo inclina hacia la paz, nuestros escritores políticos no respiran  más que la guerra y matanza, y estigmatizan la conducta  pacífica del gobernante  como laxa y pusilánime. Tal  libertad no es admitida por ningún otro  gobierno –sea republicano o monárquico, sea  Holanda  o Venecia más que en Francia o  España. De esto nos surge una pregunta: ¿cómo es que Inglaterra disfruta únicamente de ese privilegio particular?
La razón  por la cual las leyes nos acuerdan  tal libertad parece derivar  de la forma mixta de nuestro gobierno, el cual no es ni totalmente monárquico y ni totalmente republicano. Se descubrirá –si no me equivoco -  una verdad política profunda en el hecho de que los dos extremos de  gobierno, la libertad y  la esclavitud, están habitualmente muy próximos el uno del otro.  Y desde el momento en que nos alejamos de los extremos  y mezclamos un poco la monarquía  con la libertad, el gobierno deviene siempre más libre; de la otra parte, si mezclamos un poco de libertad a la monarquía, el juego  político se convierte en más  cruel e intolerable.
En un gobierno como el de Francia, que es absoluto y donde las leyes, las costumbres y la religión concuerdan todas juntas en querer volver al pueblo plenamente  feliz de su condición, el monarca no puede experimentar ninguna envidia sobre  los súbditos   y está  en medida de sus acuerdos en consecuencia de grandes libertades tanto de palabra como de acción. En un gobierno enteramente republicano, como el de Holanda, donde ningún magistrado  no es lo suficientemente eminente para suscitar  la  envidia del Estado, no tiene ningún peligro  en  otorgar  a sus magistrados grandes poderes discrecionales; y de ello resultan numerosas ventajas de  tales poderes al preservar  la paz y el orden, pues establecen unas restricciones considerables a las acciones de los hombres y  obliga a cada ciudadano a tener respeto por el gobierno. Pareciera  de esta manera  que los dos extremos, la monarquía y la república, se aproximan   mucho uno a la otra en ciertas circunstancias materiales. En la primera, el magistrado no es  desconfiado ante el pueblo; en el segundo el pueblo  no desconfía  ante la mirada del magistrado. Esta ausencia de envidia    crea en ambos casos una confianza  y aceptación recíproca, y genera en el seno de las monarquías una especie de libertad y una especie de poder arbitrario  en el seno de las repúblicas.
Con el fin de justificar la segunda parte de la observación precedente – a saber que, de todos los gobiernos, los mixtos son los más alejados los unos de los otros y que la amalgama de monarquía y de la libertad    nos da una sujeción más laxa o más cruel -  me lleva a citar una observación de Tácito sobre los súbditos romanos viviendo en la  época de los  emperadores, donde aquellos  no podían soportar completamente  ni la esclavitud ni la libertad totales: Nec totam servitutem, nec totam libertatem pati possunt[2]. Esta observación ha sido traducida por un poeta célebre y  aplicada por él  a los ingleses  en una viva descripción del reino y de la política de la reina Elizabeth:

........[Ella, cual la fuerza
de la Europa, a su elección, hace pender la balanza,
Y hace amar  su  yugo al inglés  indomable,
Que no puede ni servir ni vivir en libertad.
Voltaire.  La Henriade (libro I)[3].

Siguiendo esas observaciones, debemos considerar  el gobierno en los tiempos de los emperadores como una mezcla de despotismo  y de libertad donde prevalecía el despotismo;  y el gobierno inglés  como una mezcla  de la misma naturaleza, pero donde la libertad predomina. Las consecuencias son exactas a las observaciones precedentes, de las que podemos   aguardar  de esas formas mixtas de gobierno que crean desconfianza y envidia recíprocas. Los emperadores romanos, al menos la mayoría de ellos,   fueron los tiranos  más espantosos con  los que la  naturaleza humana haya sido  afligida jamás; y es evidente que su crueldad  era excitada  esencialmente por su envidia  y por el espectáculo de los patricios de Roma, que hervían de impaciencia al verse dominados por  una familia que, poco tiempo antes, no era, de ninguna manera, superior a ellos. Por  otro lado, como el aspecto republicano es el que prevaleció en  Inglaterra, si bien con una fuerte dosis de monarquía, está  obligado, en vistas de su propia preservación, a mantener una desconfianza vigilante sobre los magistrados, a suprimir todos los poderes discrecionales y de salvaguardar la vida  y los bienes de cada uno por las leyes generales e inflexibles. Ninguna  acción debe ser considerada como criminal  a menos que la ley no lo haya expresamente declarado como tal;  ningún crimen debe ser imputado a un hombre a menos  de tener una prueba legal  mostrada ante el juzgado;  y esos mismos jueces deben  ser sus ciudadanos, obligando a su propio interés en vigilar las violaciones y las agresiones de los ministros. De ello se deduce que haya tanta libertad en Inglaterra habiendo,  en la misma proporción,  tanta licencia como  tiranía y esclavitud la tuvo en otro momento  Roma.
Esos principios concuerdan con la gran libertad que disfruta la prensa en  este reino,  mucho más allá de lo permitido  por otros gobiernos. Es notorio que  el poder arbitrario se infiltre entre nosotros si no estamos extremadamente atentos en vigilar  sus progresos  y que no exista hasta el momento ningún otro método para declarar la alarma de un punto a otro del reino.  El espíritu del pueblo debe ser  frecuentemente excitado  con el fin de restringir las ambiciones de la Corte; y el temor de excitar ese espíritu debe ser utilizado  para neutralizar esa ambición. Nada es tan eficaz  para lograr ese objetivo que la libertad de prensa, por la cual todo el saber, el espíritu y el genio de esa nación se emplean en las riberas de la libertad,  donde cada uno permanece despierto para defenderla. De tal manera  que   la  parte  republicana de nuestro gobierno puede así mantenerse ella misma contra la parte monárquica,  si cuidadosamente  protege  la prensa libre  en vistas de su propia conservación, que es de la más alta importancia.



(Agregado  y variante final encontrado en otras ediciones del mismo ensayo)

Puesto que esta libertad es esencial  para salvaguardar nuestro  gobierno mixto,  debemos responder a la siguiente cuestión: ¿tal libertad es ella beneficiosa o perjudicial? Nada  hay en el seno de cada  Estado más importante que la preservación  del gobierno tradicional, sobre todo si es un gobierno libre. Pero quisiera voluntariamente dar un paso más y afirmar que esa libertad está acompañada de tan pocos inconvenientes que ella debe ser reivindicada  como un derecho común  de la  humanidad, pues deberá beneficiar sea cual sea el gobierno; exceptuando al gobierno eclesiástico al cual se revelaría fatal. No debemos temer de esta libertad las funestas consecuencias  anticipadas por los demagogos populares de Atenas y los tribunos de Roma. Un hombre lee un panfleto tranquilo y solo. Nadie le acompaña, del cual por contagio podría contraer una pasión.  No es arrastrado por la fuerza y la energía  de la acción. Sería excitado por el  carácter más sedicioso posible, presente ante él, de furiosa  resolución  gracias  a la cual  pudiera  inmediatamente exteriorizar  su pasión. La libertad de prensa no puede, por consiguiente sino raramente, igual en caso de abuso, suscitar  tumultos o rebeliones populares.  En cuanto a esos murmullos secretos de descontentos que pueda ocasionar, es preferible que se expresen por medio de las palabras y que lleguen al conocimiento de los magistrados antes que  sea muy tarde y que haya que traer  el remedio. La humanidad, es verdad, tiene siempre la tendencia a creer más  eso que es dicho  en detrimento de sus gobernantes que lo contrario; pero esa inclinación  le es inherente, bien si goce o no esa libertad. Un rumor puede expandirse tan rápidamente y ser tan devastador como un panfleto. ¿Qué digo?
Será más pernicioso  ahí donde los hombres no están acostumbrados a pensar libremente o a distinguir la verdad de la mentira.
La experiencia de la  humanidad progresa; hemos descubierto  que las personas  no son monstruos tan peligrosos como se los representa y  que es preferible guiarlos  considerándolos como  criaturas racionales que manipularlos  o de dirigirlos como  bestias salvajes.  Si las naciones unidas no dan el ejemplo, la tolerancia será juzgada incompatible  con un buen gobierno,  y creemos imposible que numerosas sectas religiosas puedan vivir  juntas en  armonía y en paz, como  manifestar un celo igual tanto sobre su patria común como sobre las otras.  Inglaterra ha dado  un ejemplo semejante de libertad civil;  y si bien esa libertad pareciera presentar ocasionalmente algunas agitaciones, ella nunca ha producido efectos perversos. Es de esperarse que los hombres, estando cada día más  habituados a la libre discusión de  los quehaceres públicos,  mejoren sus juicios sobre ellos y serán más difícilmente seducidos por un débil rumor o por cualquier clamor popular.
Es un pensamiento tranquilizador para los amantes de la libertad  saber  que ese privilegio que posee Inglaterra  es de tal género que  no  se nos pueda privar de él fácilmente y pueda perdurar   tanto tiempo como nuestro gobierno dure, en el grado que sea, libre e independiente. Es raro que la libertad,  sea de la especie que sea, se pierda totalmente de un sólo golpe. La esclavitud tiene un aspecto terrible a los ojos de aquellos que están acostumbrados  a la libertad que no puede insinuarse  entre ellos sino por grados  y disfrazarla  bajo mil ropajes a fin  de ser recibida. En cambio, si la libertad de prensa debe un día desaparecer, ella deberá perecer de un sólo golpe. Las leyes generales contra  la sedición y los libelos están hoy tan prohibidas como posibles.  Nada pondrá las mayores  restricciones si no es por medio de un edicto impreso o el otorgar  a los tribunales  grandes poderes discrecionales para sancionar todo eso que pueda  incomodar. Pero tales concesiones   harían tal violación a la mirada abierta de la libertad que  manifestarían  probablemente  las últimas violencias de un gobierno despótico. Podemos terminar diciendo que la libertad de Inglaterra jamás desaparecerá aún si esas tentativas puedan surgir.




[1] Hume, David; Essais Moraux, politiques & littéraires, Ed Alive, bilingüe francés-inglés. Paris, 1999, p.42-47.
[2] “No se  complacen ni con una entera libertad ni con un total servilismo [NdT]
[3] Voltaire escribe La Henriade en 1727 – 28,  [NdT].

Festejar qué?

Mauricio Ortín
(Universidad de Salta, Argentina)




                                                                    
Si bien no es poco, la derrota del domingo 27 de octubre la sufrió el kirchnerismo, mas no así aún   el populismo. Ello, porque casi todo el arco político argentino (tanto ganadores  como perdedores) ) que fue a elecciones es, en mayor o menor medida, esencialmente populista. El populismo entra en crisis cuando no hay más para repartir, entre la clientela electoral, de aquella riqueza que produjeron los ciudadanos que la generan  (que no son precisamente los funcionarios del Estado). Los cargos, subsidios, computadoras, casas, prebendas, jubilaciones, fútbol gratis, etcétera, con los que el gobierno compra votos, inexorablemente, se agotan tarde o temprano. Es que nunca alcanza porque siempre y en todo lugar los que más tienen son los menos y los que menos poseen son los más. Y, como sin importar cuánto tengan, cada uno de ellos vale un voto, sacarle a los primeros para darle a los segundos es una brillante estrategia para ganar elecciones y perpetuarse en el poder si no fuera porque lleva fatalmente, en el mejor de los casos, a la “gallina de los huevos de oro” a “Terapia Intensiva”. Allí se acaba el estado de bienestar y se comienza a buscar enemigos para atribuirles la culpa del desastre que se viene. O el imperialismo, el FMI, “los fondos buitres”, el “gran” capital, “la patria sojera”, los empresarios formadores de precios, los evasores de impuestos, las corporaciones mediáticas, etcétera, son los responsables. Nunca el peso recae en la indecente e insensata política de saquear  con impuestos abusivos, deuda o emisión monetaria la riqueza de los que trabajan y producen, para enriquecerse, despilfarrar y/o consumir desde el Estado. El populismo tiene asumido como natural, justo y hasta glorioso que hacer política consiste esencialmente en  sacarle por la fuerza a los que tienen y repartir (y repartirse) a los que tienen menos. “Justicia social” es el pomposo nombre que recibe esta forma de saqueo legal. Nadie de la política actual desprecia esta forma ultrabarata de hacer “caridad” con el dinero ajeno; más bien, todo lo contrario. De allí, que cada vez que el Estado inaugura una escuela, entrega un subsidio o financia un festival de rock, no debieran los gobernantes de turno participar en el acto haciendo de “Papá Noel”, como si ellos hubieran metido la mano al bolsillo y hecho una “vaquita” para costear dichos gastos. Por lo contrario, deberían  resaltar que son los sojeros, albañiles, comerciantes, taxistas, empresarios, mecánicos, los que pagan los subsidios por hijo, los planes trabajar, la obra pública y hasta el jugoso sueldo de los funcionarios. 
La principal contradicción que enfrentamos los argentinos es que nuestra clase política está “formada” en el populismo en un momento en que no hay margen para hacer populismo. Sergio Massa, el gran vencedor de la contienda electoral, las otrora reconocidas espadas “K”: Felipe Solá, Alberto Fernández, De Mendiguren que integran el “massismo” son más de lo mismo (populistas). El recambio populista de Massa por Cristina constituye, sin embargo, una tregua para los que luchan por la libertad dado que implica el derrumbe del poder estatal K y un reacomodamiento político. Massa debe tejer alianzas y, sin recursos, construir poder. Eso lleva su tiempo. El kirchnerismo, en cambio, consolidado como está en los otros dos poderes y con los gobernadores de “chicos de los mandados”, de no haber perdido, estaría en perfectas condiciones de dar el salto del populismo al totalitarismo de corte chavista-castrista. Lógica, además de histórica, etapa que sucede a cuando lo único que queda para repartir son palos. El kirchnerismo destruyendo instituciones ha avanzado, inequívocamente, en esa dirección desde el primer día. Ha destruido partidos políticos, domesticado fiscales y jueces, gangrenado a las FFAA y roto compromisos internacionales. La Argentina, para el mundo, es el emblema de país “garca”. El fallo mamarracho de la Corte Suprema de Justicia (el honorable Dr. Carlos Fayt, aparte) que declara  constitucional  la “Ley de Medios” es un mazazo, más que contra Clarín, contra el derecho a la libertad de prensa de los argentinos. El “comisario bolchevique” Sabatella es el carcelero que puso Cristina para administrar la “libertad” de prensa. Los impresentables Moreno y Echegaray regulan la “libertad” de comercio e industria. Ellos dicen cuál es el precio del producto de mi trabajo, quién sí y quién no puede comprar un dólar, o cuánto me han de saquear con el impuesto a las ganancias.
De los treinta años de democracia (ininterrumpidos, si se oculta bajo la alfombra el golpe de Estado al presidente Fernando De la Rua), los últimos diez le hacen una pésima propaganda al sistema concebido por los griegos. Se entiende que en este trigésimo aniversario los populistas celebren la fiesta. Debería  entenderse también que, en la última década, los que no nacimos para esclavos tengamos muy poco que festejar.